Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, David Foster Wallace

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster WallaceDavid Foster Wallace es el escritor que se ahorcó. Sí, el del suicidio, el pañuelo en la cabeza, el amigo de Jonathan Franzen, el del “pos-posmodernismo” (dijo Leonard Lopate, en una entrevista muy recomendable de 1996 por la publicación de La broma infinita, título que no hace referencia (y bien podría) a las interminables notas al pie del autor (así como a esa tendencia de meter paréntesis dentro de paréntesis que remiten a más notas al pie y con suerte a algún asterisco seguido de su correspondiente subasterisco)), las legiones de fans, el Pynchon II…ya saben, todas esas etiquetas imposibles de driblar que uno se encuentra en todo texto sobre DFW, el jaleo de datos y más datos con tanto eco que hasta al hijo de dos años que nunca tuve le aburren ya, y que desearía quitarme de encima cuanto antes para pasar a cosas más serias.

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David Foster Wallace junto a Jonathan Franzen

Soy periodista y/o he estudiado periodismo (algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer) y recuerdo el día que mi primo Edu, leyendo conmigo un periódico, me dijo a las pocas líneas de empezar a leer un suceso: “Ya está, primo, no necesito saber más, ya me he enterado de la noticia”. Y no le faltaba razón. Pero, entonces, ¿qué sentido tienen los artículos largos a cuatro columnas de un diario, o los de varias hojas de los suplementos dominicales o ya, en el extremo, los de su buen manojo de páginas de la New Yorker? ¿Y un libro? Despachos de guerra, al menos, trata sobre Vietnam pero… ¿154 páginas sobre lo que vivió un tipo (que no estudió periodismo) a bordo de un crucero de lujo? En la primera hoja, DFW recopila los highlights de la travesía de siete noches, dejándole claro al lector que, más que de una mera recolección y digestión de datos, en este reportaje se nos va a contar una historia. Literatura de no ficción:

“He notado el olor de la loción de bronceado extendida sobre diez mil kilos de carne caliente (…) He visto a quinientos americanos pijos bailar el Electric Slide. He…” (Pág. 7)

Sucede en los relatos de Entrevistas breves con hombres repulsivos y también en su novela La escoba del sistema: el del pañuelo te va colando poco a poco su película con una narración que en apariencia comienza tan libre de sobresaltos (excentricidades, destellos) como la de otro reportaje de un periodista cualquiera, y que poco a poco se va tiñendo de eso tan preciado y complicado de lograr, ese saborcillo tan crucial para distinguir los que valen de los que no al que llamamos Mundo (a.k.a. Estilo); el mundo propio e intransferible de un escritor, el don de sacarse del teclado nuevos enfoques y reflexiones, escenas tan brillantes y realistas que piensas que se te podrían haber ocurrido (ja) a ti; juntar palabra con palabra, como todos los demás, hasta cautivarte y, en caso de que también te dediques a las letras, hacerte susurrar un “qué cabrón”, antes de doblar la página y continuar el cautiverio al que voluntariamente has decidido someterte, mientras la tortilla ya se ha quemado, el crío berrea un pañal nuevo y tú sólo quieres seguir sabiendo acerca de ese dichoso megacrucero de la compañía 7NC cuya existencia ignorabas antes incluso de que el aceite de la sartén estuviese caliente.

Aunque la narración es diacrónica, DFW comienza comentando los folletos informativos y sus propias fobias marítimo-tiburonáceas con algunas salpicaduras-adelanto de lo que el lector se encontrará a partir del quinto capítulo, página 42, cuando nos coloca ya en la cola de embarque y la estructura pasa a ser estrictamente cronológica. Mientras lee el papelucho dice:

“No me parece un accidente que los Cruceros de Lujo 7NC atraigan sobre todo a gente mayor. No digo decrépita, pero sobre todo a gente mayor de cincuenta años, para quien su propia mortalidad es ya una abstracción. La mayoría de los cuerpos que se exponían durante el día en la cubierta del Nadir estaban en diversas fases de desintegración.” (Pág. 17)

El personalismo es total, y esto es muy importante. Al tratarse de un texto de no ficción, el autor realmente se la juega al añadir tanto humor y protagonismo a su persona, llegando a rozar la frontera entre periodismo y literatura. Con una mezcla de ironía, humor y análisis criminalístico, DFW experimenta diferentes fases que van desde la apatía neurótica y escepticismo iniciales hasta la impostada y ficticia (espero) aceptación de estar abandonando ese estátus de único-pasajero-que-se-da-cuenta-del-bochornoso-circo para pasar a ser uno más de la fiesta. Es por extractos como este que viene a continuación por los que digo que el reportaje casi toca con la punta de los dedos el techo que separa información de invención…

“A estas alturas, ya me he convertido en un esnob en materia de Cruceros 7NC, y siempre que alguien menciona las compañías Carnival o Princess en mi presencia noto que mi cara asume la misma expresión de disgusto elegante que Trudy y Esther” (Pág. 94)

Se entiende que no es más que un recurso, que luego estira aún más para, por ejemplo, enseñarnos que hasta en el lujo hay escalas sociales: lo que al comienzo era un derroche de “estrés producido por unos cuidados tan extravagantes que te afectan a la cabeza” se asimila y empequeñece hasta resultar insuficiente cuando atracan en un puerto junto a otros cruceros de mayor standing:

“Lo que quiero decir es que, aquí de pie junto al Capitán Vídeo, empiezo a sentir una envidia codiciosa y casi lasciva del Dreamward. Me imagino que su interior es más limpio que el nuestro, más grande, más lujoso (…) que la Tienda de Regalos del barco es menos cara, su casino menos deprimente, sus espectáculos menos cutres y sus bombones de las almohadas más grandes.” (Pág. 96)

El quid de este reportaje es la boviscopofobia o miedo a ser visto como una vaca (rebaño, ganado). Mediante la recogida de diálogos reales del pasaje, conversaciones con trabajadores y de la propia caricaturización de su persona, DFW logra detallarnos absolutamente toda la experiencia y al mismo tiempo criticarla, contarnos un relato y burlarse de la forma de pensar y actuar de aquellos capaces de pagar 3.000 dólares a cambio de algo que él considera una tarea laboral desagradable. Y, con todo, me apuesto lo que sea a que el potencial cliente de un crucero de lujo no cambiaría de planes después de leer este libro.

Porque más que retratar la experiencia de viajar en un barco con restaurantes y canchas de baloncesto, los que quedan retratados somos nosotros, la sociedad, sus mecanismos y, en este caso, la maquinaria de una de las opciones vacacionales más populares del mundo. Retrato de una generación; es el cliché más repetido de todos los dedicados a la obra de DFW y no por ello uno falso o inapropiado para despedir una reseña que terminará justo después de las breves líneas del Rincón de la denuncia.

Rincón de la denuncia

Soy periodista, comentaba, y lo más cerca que he estado de emular algo similar a lo relatado en este libro fue un viaje paradisíaco a un bonito país mediterráneo para una revista de viajes. En aquella ocasión no había un medio dispuesto a soltar pasta porque esto no es Bambi, esto es un país en crisis con un sector periodístico en plena fase de desmantelamiento que ha integrado como práctica habitual aceptar viajes pagados por las mismas empresas sobre las que luego pretende informar. Lo raro no es una revista con reportajes de más de cuatro páginas. Lo raro es una revista.

El viaje fueron todo agasajos vergonzantes a un grupo integrado exclusivamente por periodistas que luego dedicaron (dedicamos) en sus medios un espacio ridículamente pequeño en proporción a los tres días de vacaciones pagadas que nos regalaron. La pretensión de que una revista española dedique cuarenta páginas a un reportaje es tan implanteable como debería serlo la sistemática aceptación del chantaje implícito al que todos los medios patrios hoy por hoy aceptan someterse a cambio de llenar hojas.

Nadie del crucero de DFW sabía que trabajaba para un revista que le había pagado el pasaje. Es como debería ser.

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacerDavid Foster Wallace, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer
Traducción de Javier Calvo
Debolsillo, Barcelona 2010
160 páginas | 7 Euros