El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad | Reseña

El corazón de las tinieblasEl libro más conocido del novelista polaco Joseph Conrad arranca con una bella puesta de sol a orillas del Támesis. Meditabundos y atrapados en un barco, un grupo de marineros se aburre. “Sin nada más que hacer que dejar vagar la mirada plácidamente”, esperan la bajada de la marea para iniciar la aproximación al puerto de Gravesend, célebre villa conocida por ser la que enterró a Pocahontas y por llamarse casi igual que aquel calvo loco del Real Madrid. Uno de los marineros (que bien podría ser el propio Conrad dado su historial marítimo) hace de narrador y nos dice lo siguiente sobre uno de sus compañeros:

“Era marino, pero también vagabundo, mientras que la mayoría de los marinos suelen llevar, si se puede decir así, una vida sedentaria. Son de espíritu hogareño, y su casa, el barco, está siempre con ellos, como también lo está su patria, el mar. Un barco se asemeja mucho a otro y el mar es siempre el mismo. En la inmutabilidad de lo que les rodea, las costas extranjeras, las caras extranjeras, la cambiante inmensidad de la vida resbalan sobre ellos, velados no por una sensación de misterio, sino por una ignorancia ligeramente desdeñosa, ya que no hay nada que resulte misterioso a un marino, salvo la propia mar, que es la dueña de su existencia y tan inescrutable como el destino.”

PUM.

Y, claro, ya estás atrapado.

Conrad se refiere a Marlow, el entrañable capitán, oh mi capitán que huyó del Patna en cuanto las cosas se pusieron feas en Lord Jim. Marlow, y también el tipo que dentro de pocas páginas va a convertirse en el narrador de El corazón de las tinieblas. Si hago hincapié en esto es porque este cambio gradual de narrador que se introduce sutilmente en cosa de pocas páginas es lo que más me ha llamado la atención de un libro que, a mi humilde entender, no es para tanto. Primero, Conrad nos lo describe, luego le deja hablar con un par de intervenciones (raya larga) y finalmente arranca un desfile de entrecomillados que se prolonga hasta el final, permitiéndose Conrad apenas dos breves intervenciones en los últimos compases de la historia.

Sin que nadie se lo haya pedido, Marlow empieza a rajar sobre una aventurilla que le sucedió hace unos años en el río Congo. Al tipo de le nota agobiado y necesitado de aligerar, aunque sólo sea unos por unos soplos, el recuerdo de las tinieblas que abrasan su interior, que diría un cursi.

Me ha parecido un recurso llamativo para tratarse de una novela tan antigua (finales del XIX, incluso fue tachada de racista). Puede que el cambio de perspectiva choque o decepcione al principio porque, uno, la labia de Marlow no chana tanto como la de su creador, y dos, el lector ya estaba puesto en situación, se le habían presentado unos personajes (de los que nada volvemos a saber) y en cierto modo esa incertidumbre de no saber si alguien más va a intervenir en algún momento es un poco desconcertante.

Al poco descubrimos (a base de pasar páginas y ver que nada cambia en el narrador) que la trama no va a desarrollarse en Gravesend sino en los recuerdos de Marlow. Al darle el monopolio de la palabra, Conrad consigue que el testimonio suene creíble, ya que lo funde con impresiones personales y posibles exageraciones. A ratos también es verosímilmente desgradable, ya que a medida que avanza la batallita, los acontecimientos e impresiones ganan en angustia e intensidad. El horror se acentúa a medida que el barco de su historieta se adentra en el río africano.

Tengo que reconocer que Apocalypse Now es casi el único motivo por el que hoy estamos dedicándole un par de párrafos a este libro que tampoco es que me haya entusiasmado. La novelita es una de las tres patas sobre las que se levantó la película, junto al coco de Francis Ford Coppola y los Despachos de guerra de Michael Herr (el mejor trozo de periodismo escrito jamás sobre Vietnam). Sin ser una adaptación estricta de la novela, la película toma prestados unos cuantos elementos de la aventura Conrad. La trama gana en intensidad a medida que avanza río adentro en busca también de un tal Kurtz, destacado comerciante de diamantes y uno de los que más está contribuyendo al exterminio, vejación y ordeñado del Congo y sus gentes.

A Marlow el barco se le avería cada dos por tres, el caos y la desorganización campan a sus anchas (a pesar de que llueven diamantes a espuertas), el puteo a los esclavos negros es sistemático y en general todo apesta bastante a codicia e inhumanidad. En medio de todo, un tipo se vuelve loco (o no, a lo mejor los locos somos nosotros, etc). En fin, El Ser humano y la irracionalidad, capítulo MMCCXXII (bis). El libro está bien pero.

El corazón de las tinieblas

Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas
Alianza Editorial, Madrid 2008 (Publicado en 1899)
208 páginas | 7 Euros