Pregúntale al polvo, John Fante | Reseña

Pregúntale al polvo, de John FanteChuleta.

1.f. Manjar cárnico que comeré a diario el día que Pollito Libros le diga que sí a Jeff Bezos. El manjar cobra especial protagonismo en la novela Pregúntale al polvo, donde casi puedes oler la grasa de la chuleta.
2.m. Que habla y obra con chulería, arrogancia y prepotencia, véase, Arturo Bandini, protagonista de Pregúntale al polvo
2.m. Papel pequeño con fórmulas u otros apuntes que se lleva oculto en un examen. También, la obra literaria, en este caso la de John Fante, de la que se nutrió Charles Bukowski para construir su estilo.

Ejemplos prácticos. Orden inverso:

La chuleta de Bukowski

He dicho nutrió, que no copió. Abrir un libro de John Fante por primera vez casi siempre supondrá abrir Pregúntale al polvo, lo que a su vez desatará una exclamación del tipo ¡Albricias! para el lector aficionado a Charles Bukowski. La novela es la segunda de una tetralogía dedicada a la vida perra en Los Ángeles, y también, por razones que se desconocen, la más famosa de John Fante, escritor que por idénticos motivos ignotos solo recibió el abrazo de la fama cuando éste, el escritor, ya se encontraba demasiado lejos para poder recibirlo: a dos metros bajo tierra. He dicho nutrió, que no copió, porque aquí apesta a Bukowski, pero sin las carreras de caballos, con el alcohol servido en dosis moderadas y las sábanas libres de sangre, sudor y semen.

El hecho es que descubrir a John Fante ha sido para mí equiparable a lo de los Reyes Magos o a lo del negro de Ana Rosa: mismo estilo de pequeñas ráfagas de oraciones sencillas de leer, misma atmósfera de miseria, misma sensación de ser el último ciudadano de un mundo con tantos desconocidos por kilómetro cuadrado que hace que el único extraño seas tú. Esa melodía.  Y lo mejor, el dato para mí clave, es que Pregúntale al polvo fue publicado en 1939, apenas medio siglo antes que Cartero, primera novela del borracho. En Pregúntale al polvo, Bukowski firma un prólogo donde cuenta que descubrió a Fante un día en la biblioteca, “un lugar estupendo para pasar el rato cuando no se tiene nada de comer o de beber, o cuando la dueña de la casa le perseguía a uno con los recibos atrasados del alquiler”.

El chuleta de Arturo Bandini

El protagonista de nuestra aventura, este Hank Chinaski pre Segunda Guerra Mundial con mucho orgullo pero poco amor propio (hay un matiz entre estos dos rasgos, una frontera que separa al que comete actos bajos y se vanagloria de ello, y a aquel que los comete y se justifica para autoconvencerse, que sería el caso que nos ocupa), es un trápala de 20 años en estado de perro abandonado en busca de aventuras emocionantes en la gran ciudad; otro de esos tantos personajes sin amigos ni trabajo, lobos esteparios y Extranjeros de la vida, con una existencia austera, monótona pero honesta. De Arturo Bandini sabemos que vive en una pensión en Los Ángeles, que quiere ganarse la vida como escritor y que tiene una madre en algún lugar lejano a la que escribe cuando necesita pasta. Por ahora solo ha escrito una mierda de cuento y ha caído en la conclusión de que el estadio excrementicio de su pluma se debe al simple hecho de que él no ha vivido lo suficiente. Y a eso va, a vivir y a nutrirse de experiencias que le permitan defecar pura literatura con aroma de roble. Lee el libro si quieres saber si lo consigue.

La chuleta de Pregúntale al polvo

Como se ha dicho, la novela es un desfile de frescos de la miseria. Desde la camarera mexicana de la que se enamora y a la que, lógicamente, insulta y trata con desprecio, a las sesiones de prostitución nunca consumada pero financiada con el dinero de mamá. El hambre. Si me he ido a una carnicería para tomar la foto y tejer el juego de palabras de dudoso funcionamiento de esta entrada es porque la chuleta es lo que más me ha enternecido de la novela y un elemento residual que ejemplifica bien la atmósfera que se respira. Con, por ejemplo, ese vecino de pensión tacaño que no devuelve las deudas y que vive obsesionado con la carne. Un ser reseñablemente maloliente:

“Su obsesión por la carne había llegado a tal extremo que ya no sabía controlarse. Se pasaba todo el día friéndose filetes de la carne más barata y el olor se me colaba por debajo de la puerta. Y me entraban unos deseos locos de comer carne. Iba a su habitación. –Helfrick–, le decía, –por qué no comparte ese filete conmigo? – El filete solía ser tan grande que no cabía en la sartén. Pero Hellfrick me mentía con el mayor descaro. –No pruebo bocado desde hace dos días–. A lo que yo le replicaba con los epítetos más sonoros; no tardé en perderle hasta el último asomo de respeto (…) Yo trabajaba día tras día como un enano y sufría lo indecible cada vez que me llegaba el olorcillo del lomo frito, las chuletas fritas, las chuletas a la plancha, las chuletas rebozadas, el hígado con cebolla y toda suerte de combinaciones cárnicas”. La carne va y viene en el libro y, como el hambre, como la sed de triunfo y tantos otros significantes con sus respectivos símbolos, ejemplifica muy bien el estado de ánimo y de salud del protagonista, de quién, otro ejemplo, no se nos dice que tenga hambre y pocos recursos, sino que se nos hace saber que se alimenta casi exclusivamente de naranjas. Es un pobre diablo difícil de cogerle cariño. En La conjura de los necios, Ignatius Reilly era horrible, pero era una caricatura de un ser que no pertenecía a ese mundo. Pero Bandini suena bastante real. El tipo camina por la calle imaginando las entrevistas cuando gane el Nobel.

Me gusta la curiosa descripción topográfica de la pensión. Es un buen resumen de la locura o absurdez de la que está impregnada toda la novela: “Se había construido al revés en la falda de una colina, en lo alto de Bunker Hill, en sentido contrario a la pendiente del cerro, de suerte que la planta baja estaba al nivel de la calle, pero el piso décimo se encontraba diez pisos más abajo. Si se ocupaba la habitación 862 se entraba en el ascensor y se bajaba ocho pisos, y si se quería bajar al garaje, no había que bajar sino que subir al ático, al piso que estaba encima de la planta baja.”

Y así todo.

El típico libro tan de la calle, tan del hombre común que en realidad escasea o que en realidad no, pero que no se prodiga demasiado en sociedad. Que se guarda para él (o para la novela) su colección de vergüenzas y pequeñas miserias. Existen, están ahí. Algunos hasta escriben blogs sobre libros.

Pregúntale al polvo, de John Fante

Pregúntale al polvo, John Fante
Anagrama, Barcelona 2001 (publicado originalmente en 1939)
205 páginas | 9 Euros