La derrota final de Juan Marsé

Juan Marsé ya tiene biografía: Mientras llegue la felicidad

Pero sobre todo no se olviden de escuchar. Escuchen ese quejido sordo pero palpable, disfrazado de respiraciones, entonaciones y silencios, con el que el escritor tanto evidencia a los oyentes que casi preferiría estar siendo apuñalado en medio de la calle antes que seguir sometiéndose al vano ejercicio de otra entrevista más. Y sí, otra entrevista más. Si la actualidad, como siempre, es la que manda, ni te cuento ya lo que supone que a uno le dediquen una biografía de más de 700 páginas sin siquiera haber tenido todavía el detalle de morirse. El escritor se llama Juan Marsé, el libro, Mientras llega la felicidad (Anagrama), y al periodista, Javier del Pino, se lo han dejado claro poco antes de entrar al portal del entrevistado: “Solo tiene mal carácter si le preguntan gilipolleces. Si le preguntan en serio por la cultura, por el ministro Wert, por cómo es este país, verás que no es un cretino y que, efectivamente, tiene mala leche”

Pero esta entrevista se emitió el sábado. Antes, procede una explicación.

Ayer por la mañana escuché, también en la SER, al novelista Julio Llamazares decir algo llamativo sobre otro novelista. No hace falta haber consumido demasiado periodismo cultural para darse cuenta de que, en esta España de hoy tan borracha de corrección política y moral esterilizada, el raro, el intrépido, el loco, es el que osa hablar de un compañero del gremio para dar un brinco más allá de la felación. Ayer por la mañana escuché al novelista Julio Llamazares rememorar su primer encuentro con Juan Benet. Parece que ambos habían oído hablar del otro, parece que los dos sentían algo de interés y que, al verse por vez primera, el veterano (Benet) le soltó al novato algo parecido a “así que quieres ser escritor gracias a mí”. Llamazares respondió con un “serás gilipollas” que no me ha quedado claro si pensó o pronunció, pero da lo mismo: Llamazares no solo soltó mierda sobre un compañero de profesión, además soltó mierda sobre un compañero de profesión muerto. Y la vida siguió.

A Llamazares nunca lo he leído, pero disfruté la entrevista cual fan de Katy Perry. Me recordó bastante al encuentro del sábado, algo más especial y vibrante, pero con la misma senectud en los labios y en el discurso. Y a Juan Marsé sí que lo he leído algo más. En cosa de cuatro días, dos joyitas con las que no esperaba cruzarme. Y piensas, menuda faena esto de la superpoblación de medios, esto de que, a pesar de tanta revista, web, emisora y cadena, siga pareciendo que las únicas entrevistas que existen son las que consiguen algo de ruido vía Évoles, Pastores y suplementos semanales.

Nada más que un intento, quizás inútil, quizás un absurdo para qué, de que no se escape tan rápido, por los desagües de la fibra óptica, las prisas y los 4G, un entrañable encuentro entre un periodista y un escritor sentados frente a un café.

La derrota final de Juan Marsé

De verdad, esta mañana a Marsé le apetece más una puñalada que otra entrevista. Su voz trasluce la edad y la semántica del que ya está de vuelta de todo. Sabe cuándo sí, cuándo no, sabe cuándo callar y subraya sus anécdotas con colofones del estilo “eso ocurrió ASÍ” y que nadie tenga los cojones de discutírmelo.

Lo reseñable viene cuando, a medida que avanza la charla, comienzan a brotar extrañas actitudes que no casan con el ogro que nos imaginamos al micrófono. Un voluminoso equipo radiofónico (“Oye, ¿pero qué demonios vais a hacer con tanto follón?, dice la esposa) se ha trasladado hasta su comedor de la barcelonesa calle de Bailén. La comitiva incluye al biógrafo, Josep María Cuenca, y a un amigo del novelista que hace las veces de groupie conocedor de hasta la media de fideos que suele abarcar la cuchara de Marsé en cada envite al plato. Y aquí que se planta Javier del Pino a preguntarle por algunos trapos sucios narrados en la propia biografía. Quiero decir, Juan Marsé, en su inteligencia, se da cuenta de que no puede pretender por mucho más tiempo mantener en pie la siempre algo impostada efigie del escritor malhumorado. La montaña ha ido a Mahoma y, muy educadamente, éste se las va a ingeniar para mantener el granito en la voz y el mármol en la cara al mismo tiempo que muestra la suficiente empatía y educación como para no tener que resistirse demasiado y ceder a bajar a la lavandería. Y pongo un ejemplo:

Primer intento de que Marsé empiece a poner de su parte. Una pregunta que arranca así: “En la autobiografía se mete con vacas sagradas de la literatura: Trueba, Vargas Llosa, Juan Goytisolo, Gabriel García Márquez…”

El escritor responde con derechazo directo a la cara: “Yo con respecto a estas personas, que he tratado en distintas épocas de mi vida, tengo mi opinión. Pero no voy a formular opiniones aquí sobre comportamientos morales, profesionales o políticos… no creo que corresponda”.

A nada que Javier del Pino y sus dos compadres giren un milímetro más la tuerca, Marsé, consciente de que tiene que dar algo de sustancia al asunto, de que todo este pifostio que hay armado en su casa es por él y para él, cede y contradice lo dicho hace un segundo:

“Si lo que se trata es de que avale o confirme las informaciones que tú das al comportamiento de determinadas personas, sí, lo hago y lo confirmo, pero no tengo por qué abundar en ello…no sé, Martín me hablaba de un caso concreto, el caso por ejemplo de Gabo cuando yo regreso de Cuba…” y cuenta la anécdota de una bronca que dice haber recibido de Gabriel García Márquez una vez en la que el catalán y el resto de miembros del jurado de un festival literario en Cuba premiaron a un tipo sospechoso de ser un agente de la CIA. “Me dijo que no había entendido nada, que no sabía lo que era la alta política”, asegura que le dijo Gabriel García Márquez. Y ya está, Marsé ya ha soltado mierda. Y bien que hace, porque “eso ocurrió ASÍ”. Y si a mí Juan Marsé me dice que el sol está hueco y que el Rey es su padre, yo me lo creo.

La novedad editorial que justifica este encuentro hace poco práctico que el protagonista se ponga a hablar del ministro Wert: hoy el tema es el escritor. Un par de comentarios sobre el ayer y hoy de España y a otra cosa. Y aun así, es en su pesadumbre donde se encuentra la mejor de las respuestas de este hombre de 82 años que resume la vida como “una derrota donde el hombre es el derrotado final”. El único acercamiento de sorna y distensión explotará cuando, resignado, proteste por la mala pata de haber nacido justo cuando a este país le tocaba comerse 40 años de dictadura. Ni uno se perdió. “Esto es mala suerte”, dice antes de resoplar.

Por un momento, Marsé se nos vuelve loco del coño (expresión que utilizo para aprovechar y recomendar este genial texto de Jot Down sobre la pandemia de auto cruzificados que nos asola. Pandemia en la que “hemos hecho del drama, de la amargura que no del pesar, un atenuante, un eximente patético, el nuevo alegar locura transitoria en los juicios. La carta blanca para volverse un cretino.” Fin del paréntesis.

Marsé no tarda mucho en volver a bajar la persiana para retomar la senda de amargura libre de chanza: “Yo tenía esperanzas de que esto iría a mejor, tenía esperanzas de que, después de la dictadura, éste se convirtiese en un país moderno, y no ha sido así”. Él, que iba para joyero, no puede permitirse ser un loco del coño porque sabe que la vida, al menos la que le ha tocado, era una partida con las cartas mal repartidas de antemano. Es lo que nos susurran sus respiraciones, entonaciones y silencios.

Esto ya es apuesta personal, pero creo que Del Pino (un periodista al que considero un profesional) no ha leído mucho a su entrevistado. Se le nota un poco nervioso, tuteando todo el rato a Marsé mientras este sigue enquistado en el usted. El escritor ríe y olvida cuando el periodista se disculpa al final del encuentro, que queda zanjado con un “¿Queda algo o no?” de Marsé. Pues no, ya no queda nada. Agradecimientos, despedidas, aviso de una futura entrevista cuando se publique el próximo volumen (risas), y nada más. El anciano regresa a su quietud, a seguir escribiendo. Mientras pueda, mientras llega la felicidad.

Uno se lo imagina a lo Patricia Arquette en Boyhood, asomado a la vida preguntándose “¿Ya está? ¿Eso era todo?”¿Será que piensa que la publicación de su biografía supone la llegada a la meta? ¿Acaso cree Marsé haber abrazado ya su derrota final?