Escritores, cine y cliché (y Bambi) | Películas sobre literatura

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Fotograma de ‘El ladrón de palabras’.

Bambi: dada una situación o idea que, por su inverosimilitud, naturaleza fantasiosa o excesiva inocencia, infiera de su protagonista o emisor un claro desapego por la realidad de las cosas, el uso de la locución “esto no es Bambi” sugiere la búsqueda de un balsámico acicate que despierte de la siesta al infeliz para poner en orden su brújula existencial/ideológica:

(1)

– ¡Qué bien, el PP ha vuelto a ganar las elecciones, seguro que gracias a Rajoy sigue bajando el paro!

–Eh, eh, que esto no es Bambi.

(2) – ¿Mediados de agosto y fiestas patronales en Lavapiés? ¡Fijo que ponen baratas las bebidas para que así venga gente!

– Eh, payaso, que esto no es Bambi.

A la sugerencia del 2009 del escritor Pablo Incausa de que Bambi, cuya dolorosa pérdida maternal no supone precisamente un masaje para los críos, quizás no sea el mejor ejemplo de largometraje crudo para dicha locución, Pollito Libros invita a ignorar dicha réplica debido al profundo arraigo que la expresión, enclavada para siempre en el glosario de tantas gentes próximas al universo PL, ha logrado a lo largo de su ya extensa vida.

Dicho esto, El ladrón de palabras es Bambi.

Cómo una película de 2012 ha logrado marcarse en hora y media de metraje (y sin pretensiones sarcásticas) la práctica totalidad de clichés en torno a la vida de un escritor es a la vez un misterio y una oportunidad para dedicarle unas cuantas líneas a la cosa. Hasta del lodo puede sacarse algún beneficio.

Si quieren saber de qué elementos mejor no abusar bajo ningún concepto en una obra que pretenda aunar cine y literatura, si quieren conocer de forma resumida el catálogo de felices lugares comunes culpables de que cada vez más gente quiera convertirse en escritor (a la vez que el número de lectores encara  una subterránea caída libre próxima ya al centro de la Tierra), pasen y lean lo que una genuina obra de cine palomitero es capaz de vomitar cuando, en lugar de explosiones y Bruce Willis, el asunto versa sobre cartas rechazadas de editoriales y Bradley Cooper.

Como si no hubiese ya suficientes películas sobre literatura.

Si se quiere ser escritor hay que irse a Nueva York, preferiblemente a un loft de Brooklyn al que te mudarás con tu preciosa novia para vivir muy pobre y muy feliz. De día daréis largos paseos por Central Park, de noche garrapatearás una novela que parirás sin esfuerzo aparente, como el que lava platos, y ella, tan fiel, tan servicial, sin más oficio que el de apoyarte, cocinar, aguantarte las borracheras y decirte lo bueno que eres, será la única que puntualmente logre distraer entre las sábanas a tu viril genio creativo, obligándote a aparcar por unos minutos la antes fácil y ahora tortuosa búsqueda de palabras con las que llenar los blancos de tu segunda novela, remedo imposible de la primera basura que empezaste a escribir el día que decidiste que lo único que podías ser en la vida es escritor. El loft, faltaría, es 50 furgonetas de grande y se paga solo. Cuando papá se canse, encontrarás curro de chico de los recados en una editorial. Será ahí donde triunfarás.

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Jonah Hill en ‘Una historial real’

La relación de pareja que vemos en la más reciente Una historial real está algo más trabajada. La película, que no deja de ser un thriller con algo más de brillo que El ladrón de palabras, se sirve de la ausencia para enseñarnos la obcecación del periodista con el libro que se trae entre manos (que no es más que un calco de A sangre fría): aunque viven juntos, apenas hablan, solo vemos un beso (en una despedida) y, en general, son una pareja de solitarios que solo parecen tener en común un pasado mejor y un probable y recíproco miedo a la soledad, al cual ponen remedio con una relación instrumental con fecha de caducidad. Al ser una estrella del New York Times, se ve más creíble que pueda permitirse semejante casona en el campo, lejos de Manhattan.

Bradley Cooper, que resulta creíble como juerguista en Las Vegas, como loco bipolar, incluso como agente del FBI gran estafador americano, pero ni por asomo como novelista, recurre al cliché número uno de los cajones de guiones descartados de Hollywood: robarle el libro a otro. Para eso, nada mejor que un anticuario. ¿Y a dónde van los tortolitos estadounidenses en sus lunas de miel? Pues a los anticuarios de París, hasta Bambi sabía eso. Hasta Woody Allen sabe eso. Pero es que en Medianoche en París (un chiste toda ella, pero a propósito y sin comparación con El ladrón de palabras) salen Scott y Ernest.

–¿Te gusta esa cartera antigua tan bonita, cariño? No trabajo, tú me pagas hasta las compresas, pero da igual, ni me fijo en el precio, te la regalo.

Como es bien sabido, entre las rutinas de los anticuarios no está la de remozar (que no restaurar, sino pasar un trapito) sus productos. No digamos ya inspeccionar su interior. Y obra maestra que te va. ¡Feliz coincidencia!: el tipo al que Cooper acaba de putear publicando su libro (escrito 70 años antes (¿?)) también vive en Nueva York, decidió ser escritor después de leer Fiesta, de Hemingway, y aunque solo escribió dos semanas en toda su vida, hoy parece ser feliz regando plantas (en Central Park). El viejo solo ha escrito ese único libro (como en Descubriendo a Forrester o La gran belleza), y si fuese un poco más listo, bien podría sacarse unas monedas contando su secreto: es difícil tragarse, por mucho que te llames Jeremy Irons, que hayas luchado en la Segunda Guerra Mundial y en el 2012 estés todavía así de vivo para contarlo. Apenas unas tosecitas. Hablando de Hemingway, el pobre desgraciado este incluso se le da un aire de joven; todo su flashback se parece demasiado a un cruce entre Adiós a las armas (con perdón de la Primera Guerra Mundial) y Amar en tiempos revueltos: ¿por qué casi siempre en el cine los mediados del siglo XX son sepias?

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Ernest Hemingway en ‘Medianoche en París’

Al viejo, que de repente empieza a toser más, y de tanto toser se nos muere, se la trae floja el sobre de billetes que Cooper, ahora súper famoso, súper premiado y súper arrepentido, le ofrece en compensación. No, él solo quiere hablar. Lo ha perseguido durante toda una mañana, viaje en bus incluido, para sentarse en el banco de al lado y aburrirle con el amorío francés en el que se basó para la autobiográfica novela choriceada. Aburrirnos, ya que es aquí donde la película mete un quiebro y dedica quizás demasiado tiempo a una nueva historia que nos hace casi olvidar la principal, en un juego de metarrelatos con menos riesgo y acierto que el mucho más logrado de En tercera persona, (¡también con Olivia Wilde!). No lo hemos dicho, pero en realidad son tres los planos narrativos en la película, ya que toda la historia de Bradley Cooper no es más que la narración visual de una lectura pública en la que otro escritor Bambi, un Dennis Quaid abarrota auditorios, se lleva al dúplex a una sensual estudiante de posgrado. A la más guapa de todas. A tomar vino.

Que la cosa iba de amor y no de libros era algo que se veía venir. Los espectadores que aún queden vivos en la sala, con el corazón hecho mierda y la mano, hecha guante de sudor y grapada en la de la pareja, asisten indefensos al drama de una relación destruida por culpa de un bebé muerto, otra en proceso de derribo por culpa de un libro plagiado (¡hasta ese punto confiaba en el talento de su marido!) y otra en ciernes, Quaid y Wilde, la única relación que aún asoma un ramillete de esperanza al sugerirnos que quizás la estudiante haya acabado en el dúplex con intenciones más allá de la bragueta literaria. Solo el segundo último, el mejor de la película, nos lleva a pensar que ahí hay algo más que esclarecer. Justo cuando empezaba a ponerse interesante.

Último cliché: ningún escritor lee. A este solo le vemos hojear Pregúntale al polvo, de John Fante. Todo aquel que desee ver buenas películas sobre literatura hará bien en darle una oportunidad a En la casa, Aullido, El club de los poetas muertos Los inquilinos. Y si todavía hay hambre, aquí 50 películas más.