Pureza, Jonathan Franzen | Reseña

Pureza, de Jonathan Franzen

Si para Vladimir Nabokov el estilo es el tema, para Jonatan Franzen todo gira en torno a la estructura. Dejando a un lado el no pequeño puñado de tesis que conforman este manifiesto ideológico sobre la vida del hombre en el mundo contemporáneo, la estructura es el rasgo más interesante de Pureza, nueva entrega de la serie El mundo según Franzen, en la que el estadounidense pone al día sus postulados sobre Internet, hacking, redes sociales, periodismo, feminismo, superpoblación mundial, ecologismo, hipocresía internacional, y un largo etcétera. Lejos de repetir el manoseado elogio/maldición sobre lo grande que le ha vuelto a quedar el bicho, en Pollito Libros preferimos preguntarnos la mayor: ¿cómo consigue Jonathan Franzen tenernos pegados durante 700 páginas y, lo que es más importante, sin convertir todo este festival de celulosa en algo digno de la peyorativa etiqueta de libro bestseller? ¿Por qué sigue reinando la paz y el sosiego, tan naturales de la nada más tranquila, cuando opinamos favorablemente y en voz alta sobre el último de Franzen pero, en cambio, brota con estruendo de comparsa un campo de cejas en alto, susurros deslegitimadores e índices autoritarios en cuanto elogiamos a los Dan Brown, Stephen King y Zafones de turno? ¿Qué es lo que hace tan especial al hombre para siempre recordado como amigo de David Foster Wallace, con el mismo amor por los tochos que David Foster Wallace, pero ni la mitad de la mitad del estilo de David Foster Wallace?

Jonathan Franzen y Foster Wallace

Jonathan Franzen y Foster Wallace

Jonathan Franzen juega a escribir de una forma lo más simple posible, sin miedo a la repetición de palabras, con pocos esqueletos sintácticos que vayan más allá del sencillo sujeto+verbo+predicado y con muy puntuales atrevimientos que nos hagan buscar el diccionario. Quizás ahí esté la gracia de su fórmula, en que el asunto es sencillo de seguir porque prefiere reservar la complejidad para otra clase de esqueleto, el más grande de todos.

La estructura de PurezaMerece tomar prestada aquella rancia mandanga con la que de pequeños nuestros padres o tutores morales casi nos chantajeaban para que abriésemos un libro: “¿Por qué no lees? ¿En qué hemos fallado? ¡Leer es un viaje, hijo mío!” Pongámoslo de la siguiente manera: cuando abrimos Pureza, efectivamente, empezamos un viaje. En un libro estándar, con ambiciones estándar y una estructura estándar, avanzar cronológicamente en los acontecimientos de la trama es equiparable a la superación de los kilómetros que nos separan de nuestro destino; en Pureza, avanzar supone un constante desfile de paradas en estaciones de servicio, paradas para mear, paradas para comer, paradas para fumar, paradas para comprar chucherías… el viaje duraría poco más de una hora de no ser por la paradas, que en su conjunto ocupan diez veces el hueco de la trama principal, esa que se desarrolla en presente y por la que mataríamos con tal de que avanzase un poco más. Cuando decimos paradas queremos decir capítulos de contexto, background, pausa en la acción presente. Dicho de otra forma: Jonathan Franzen se sirve en Pureza de una técnica que ya vimos en su anterior novela, Libertad, (y en casi cada película de Quentin Tarantino, incluyendo Los odiosos ocho) que, aunque sin duda alguna tendrá un nombre y una categoría dentro del mundo de la narrativo y/o el guión, tendremos a bien en denominar sencillamente como el Cierre Feliz de Círculos:

  1. Se nos narra una serie de acontecimientos de los que nos faltan datos para su entera comprensión.
  2. Se echa la vista atrás en el tiempo (ni siquiera es flashback, sencillamente el tiempo presente de la narración pasa a ser el de un tiempo previo a lo dicho en 1.)
  3. Cerca del final de esta sección (que puede llegar a ocupar un centenar de páginas y constituir en sí misma una novela accesoria), obtenemos la información necesaria que necesitábamos para entender el punto 1 en su sentido completo.
  4. Comienza un nuevo capítulo y se nos vuelve a presentar una narración amputada que precisa de otro vistazo a pasado para la correcta consecución del cerrado del círculo que otorgará esa instantánea gratificación para el lector que le invitará a seguir navegando páginas.

Cual Cortázar tirado en su pieza parisina pre Rayuela barajando capítulos, uno puede imaginarse a Franzen con sus siete u ocho voluminosas montañitas de páginas, dudoso sobre el orden idóneo para soltar el lastre de una narración que no habría sido ni la mitad de adictiva de haber estado publicada en un orden cronológico estrictamente ortodoxo. Por supuesto, lo que hace que Pureza no sea un Crepúsculo Código Da Vinci Inferno de Grey es que, además de hablarnos de sobre Internet, hacking, redes sociales, periodismo, feminismo, superpoblación mundial, ecologismo, hipocresía internacional, y un largo etcétera, el tema real que de verdad hace avanzar la trama es el mismo que el de todas las novelas de Franzen, el de toda la buena literatura universal: el ser humano, sus sueños y sus miserias.

Diremos que la jovencita Purity (Pip) Tyler es la protagonista porque, además de ser chica de portada, es su historia la que abre y cierra el libro, siendo el nexo con las otras cinco historias; cinco narraciones que son prácticamente libros separados, resúmenes de unas vidas que solo entran en contacto con la de Pip Tyler en sus polos finales y que, no obstante, nos son descritas con profusión enferma de detalles que dotan a estos capítulos de una naturaleza más propia del género biográfico que novelístico. Como sucede con Foster Wallace, es aquí donde más brilla Franzen, en sus minuciosos retratos psicológicos de personas que conocemos en momentos de clímax y, también, de anodina grisura: una jovencita okupa ahogada por la deuda de sus estudios universitarios, un cincuentón guaperas doppeldänger de Julian Assagne, una periodista guapa y ambiciosa dispuesta a anteponer trabajo a amor, un periodista feo y ambicioso dispuesto a anteponer amor a trabajo, y la clásica mujer desequilibrada marca de la casa Franzen.

Jonathan Franzen

Revelación, confirmación, continuación
De no ser por la trama de Andreas Wolf (hacker dueño de una organización tipo Wikileaks) y de la media de edad algo más baja de la novela en su conjunto, Pureza, en lugar de novela continuación (del éxito de la fórmula Franzen) sería claramente una especie de Libertad 2 (Libertad II: El Retorno de los agobiados), ya que a ratos los ecos se hacen demasiado evidentes (por algo han pasado solo cuatro años desde la publicación en 2011 de la que fuese su novela confirmación, menos de la mitad de tiempo del que tardó en volver a publicar desde Las Correcciones, su novela revelación de 2001).

Familias desestructuradas, relaciones sexuales bacheadas (si en Libertad ya abundaban las narraciones un tanto vergonzosas sobre el asunto, aquí, en serio, es que hay demasiado sexo en este libro, simplemente demasiado, es que ya está bien, Franzen, que eres un pesado, en serio, eres muy pesado, ¿por qué nadie puede tener relaciones sexuales normales y que el asunto no ocupe un pilar fundamental de su existencia? ¿por qué Franzen? ¿qué nos intentas decir con este desfile de insatisfechos, inapetentes e insaciables insanos?).

Hay cierta belleza y paradoja en el hecho de que el tema central de la corteza de este libro (el periodismo de filtraciones masivas tocantes al oscurantismo gubernamental y corporativo) se haya vuelto, en el mundo real, tan efímero como Tom Aberant (el periodista ambicioso) pensaba que es. En cierto modo, Pureza es un lanzamiento editorial que ha llegado a las mesas de novedades un tanto mermado por el hecho de retratar, o más bien querer criticar, un fenómeno que se encuentra en estado comatoso. El estruendoso silencio en medios de comunicación de los Mannings y Assagnes que hace no mucho (seguramente, cuando Franzen inició la escritura de Pureza) fueron autodesignados salvadores de la decencia global, se hace algo chirriante en este libro que muy bien podría actuar de estocada final (en una idílica sociedad en la que la ficción aún fuese consumida masivamente y estuviese dotada de cierta influencia, como en los cincuenta, cuando llevaron a Nabokov y a Lolita a juicio), punzonazo en la nuca, de estos mediáticos fenómenos salvapatrias tan venidos a menos en nuestros días, relegados al ocasional breve en la sección de Internacional (breves que son respondidos por parte del lector con tímidos “ah, sí, ése tipo”).

Jovencita que no sabe qué hacer con su vida se ve atraída por un Wikileaks (aquí se llama Sunlight Project) que podría ofrecerle alguna posibilidad para localizar a su misterioso padre. Por el camino, sabemos de Andreas Wolf, carismático y mujeriego líder de una sociedad cuasi sectaria que es maniqueísticamente retratado de manera que el lector no pueda sentir otra cosa más que pena y odio por su persona, además de los dos periodistas y la loca mencionados anteriormente que, por amor al no spoiler, nos limitaremos a etiquetar como el bloque Libertad del libro, o también, el bloque de crítica/retrato de la miserable, triste y, sin embargo, única posible, vida de la mediana edad de la clase media del estadounidense medio.

En tiempos en los que la nueva de Star Wars está protagonizada por una mujer (solo por mencionar un ejemplo banal e insignificante de todo un movimiento de igualitarismo patente en todos los sectores de la sociedad, empezando por el político y terminando por el de la parrilla televisiva), no hace falta ni explicar por qué esta época será recordada como la del nuevo envite del feminismo en el mundo. En coherencia a los tiempos que vivimos, éste es un tema más que presente en Pureza, novela que ambiciona por ser una fotografía de nuestro tiempo en la que Franzen aboga por mostrarnos las dos caras de la moneda de la guerra de sexos: por un lado tenemos a Pip Tyler, orgullosa y a la vez vergonzosamente doblegada a su necesidad de estar cerca de un hombre, o el Sunlight Project, toda una sociedad obscenamente patriarcal (con tintes casi gadafistas en lo tocante al harén de mujeres del que dispone Andreas Wolf), y, por otro lado nos encontramos con un buen puñado de mujeres independientes, respondonas y enfadadas. Y celosas. Y envidiosas. Todo el libro en sí es una justificación para la existencia de artículos como aquel titulado ¿Es Jonathan Franzen un sexista? Tenemos a una madre soltera, a una mujer desesperada por ser madre, a un grupo de chicas dispuestas a hacer lo que sea y, en definitiva, un bodegón de lo que Franzen considera que está ocurriendo en la sociedad en este 2015.

O a lo mejor sólo quiere hacer ruido.

El mundo de 2015 según Franzen, insistimos. Puedes no estar del todo de acuerdo con esa hostilidad que se intuye hacia Internet (merece la pena destacar una sección ensayística en la que se compara la Red y sus vericuetos con el funcionamiento de la Stasi y la burocracia de la mismísima República Democrática Alemana), puedes discrepar con la manera de simplificar a los jóvenes (de hecho, debes), y puedes pensar que ciertas soluciones en la trama adolecen de gratuidad y exceso de felices coincidencias, y eso no quitará para que esta novela siga mereciendo la pena. Pureza es más de lo mismo, significando ésto la simple continuación del nivel de calidad ya demostrada en Libertad. Franzen te da lo que promete, en cuanto terminas éste, ya quieres leerte otro. Y eso, en nuestros días, ya es mucho.

PD: Esto ya es algo estrictamente personal: la narración de Pip Tayler al principio de la novela con su rutinario empleo como telefonista no podría haber existido sin La escoba de sistema, de David Foster Wallace. ¿Alguien más ha visto este paralelismo o son películas mías?

 

Pureza, de Jonathan FranzenJonathan Franzen, Pureza
Traducción de Enrique de Hériz
Salamandra, Barcelona, 2015
697 páginas | 24 Euros