‘The end of the tour’: una película sobre David Foster Wallace

The end of the tour, una película sobre David Foster Wallace¿Por qué existe The end of the tour? ¿Era necesario, es moral, hacer una película sobre David Foster Wallace? ¿Responde esta película a una exótica (y terrorífica) ecuación ético-capitalista según la cual los ocho años transcurridos desde el suicidio del escritor son suficientes para dar luz verde al desfile proyectado de las neuras y formas de estar en el mundo que precedieron al ahorcamiento del último gran escritor que dio el siglo XX?

Se lo preguntan decenas de personas en la página del tráiler de Youtube, en la caja de comentarios (expresión cada vez más a tener en cuenta del parecer popular del mundo en que vivimos), al grito de “David nunca lo hubiese permitido”. Tan obsesionado con la imagen que de él se proyectaría en cada entrevista, tan reticente a la habitual impostura de la figura del escritor, tan perseguido por la depresión crónica de la que fue presa-convaleciente-presa durante dos décadas, tan convencido de la decadencia generalizada de la cultura en nuestra sociedad, que David Foster Wallace haya terminado teniendo su propia producción de Hollywood es una sonrisa del destino con muy mala leche.

(Cine independiente, pero cine al fin y al cabo).

Además, está eso otro.

No necesitas ser matemático para disfrutar de The Imitation Game, del mismo que has de saber reconocer la belleza de Whiplash aunque no hayas tocado una baqueta en tu vida. Pero con The end of the tour pasa algo raro. Es difícil entender cuál es el público objetivo de esta película, más allá del grueso de lectores que, repetimos, la denostarán por atentar a las bases mismas de las tesis esgrimidas por el supremo líder en novelas, reportajes, cuentos y entrevistas. Es una película quizás pensada para el lector puntual de Foster Wallace, aunque la entenderá más el asiduo a Foster Wallace, y mucho más el conocedor, y no digamos ya el devoto, y el acabose si el que se sienta en la butaca es feligrés. Pero si no has abierto un libro de Foster Wallace en tu vida, buena suerte, hermano, porque lo que te espera son hora y cuarenta y seis minutos tan planos de acción como las largas estepas del estado de Illinois donde DFW residió gran parte de su vida o, dicho de otro modo, te espera una conversación de casi dos horas en la cual uno descubre una mente maravillosa, sin duda, pero insuficiente como para apuntalar ella sola un largometraje pensado para el gran público.

¿A quién va dirigida esta película?

  • Si no sabes nada de DFW, te aburrirá.
  • Si eres lector de DFW te enfadará.
  • Si eres hater de DFW (a ver a qué clase de hater va a gustarle una película dedicada al sujeto del hateo), la hatearas.

A mí, personalmente (despidámonos ya del todo del inútil y absurdo plural mayestático, pues esto lo escribe una persona, y de esta persona es la opinión), la película me ha gustado bastante. No sé muy bien en qué lugar me deja eso.

Es posible que David nunca lo hubiese permitido, pero David está muerto, no así su recuerdo, y ponerse a escarbar en el quién o en el qué culpables de haber dado luz verde a esta película estrenada el pasado viernes en España es algo que empantanaría todo esto de un olor muy desagradable y con tufo a dobladillos legales, familiares enfadados y toda la pesca. Mejor, escarbemos en la película.

The end of the tour, una película sobre David Foster Wallace

El manoseado Ernest Hemignway tarda muy poco en aparecer. A los cinco minutos ya hemos tenido dos alusiones: primero, en la intervención radiofónica del periodista David Lipsky, cuando recuerda la obra de David contraponiéndola a la de esos otros escritores que fueron a safaris, Italia, guerras, y más adelante, al convencer a su jefe de la Rolling Stone de que DFW es el nuevo Hemingway y de cuantísimo merece la pena pasar cinco días con él durante la última etapa de la gira promocional de su nuevo libro, La broma infinita. “No, Cristo, por favor, que esto no sea otro El ladrón de palabras (bodrio que comentamos en el blog recientemente), piensas, al tiempo que muy pronto recibes la feliz confirmación de que no, de que aquí hay algo más. No es un biopic, sino más bien un escaparate que nos muestra las piezas del puzzle, sin necesidad de echar la vista al pasado ni de recrearse en el desenlace fatal de DFW para que el espectador lo resuelva, si es que de verdad piensa entender una mente tan compleja solo viendo una película.

Muy poca acción y mucha charla (sin que esto tenga por qué ser malo): a poco que te pille despistado, los compases iniciales de The end of the tour pueden sugerir una especie de Brokeback Mountain donde los caballos han sido sustituidos por la cosa literaria: el entrevistador que reconoce que David es muy guapo, el nerviosismo recíproco permanente, el “toma la mitad de mi desayuno que tienes que comer algo”, el “quiero gustarte”…el amor que se respira en los diálogos (y la necesidad que de él tiene DFW según se intuye en sus intervenciones) es el amor tal y como viene definido en todos esos libros de autoayuda, y que comúnmente conocemos como necesidad de ser queridos por los demás y de sentir afecto. Ésta es la columna vertebral alrededor de la cual se despliegan todas las tramas de la película, los interrogantes sobre la leyenda de DFW (¿era un arrogante o un humilde?) y toda la obra literaria de DFW (algunos excelentes ejemplos son La escoba del sistema o el famoso relato de La persona deprimida, donde podemos leer extractos como “en cualquier gesto raro e inigualable de cariño que él tuviese o en cualquier cosa que dijera la madre, la persona deprimida percibía un golpe de gracia diseñado para reforzar sus sentimientos de humillación y superfluidad”. La sombra de la depresión que acabó con su vida aquí solo es sombra, aunque tema principal.

The end of the tour, una película sobre David Foster Wallace

David Foster Wallace y sus fobias y filias para con ese campo minado que es la raza humana.

David Lipsky, mina humana estándar. A saber:

Ambicioso reportero de la Rolling Stone y novelista frustrado que pasa unos cuantos días empotrado en la clase vida que, piensa, ambiciona alcanzar y que, durmiendo en el suelo del cuarto donde DFW apila montañas y montañas de sus obras, tan rodeado de la fama y del prestigio de su entrevistador que casi puede arroparse con un par de ediciones de La broma infinita, quizás sospecha que nunca alcanzará. Al chico la experiencia lo está matando por dentro lentamente. Buen trabajo de Jesse Eisenberg que, para no romper con la tradición, vuelve a hacer del impertérrito, marmóleo, perspicaz y frío Jesse Eisenberg para encarnar a un personaje cuya envidia, frivolidad y egoísmo facilitan en el espectador el reparto de veredictos, el culpable y el inocente, siendo este último el DFW encarnado por un Jason Segel que consigue hacernos olvidar al Marshall de Cómo conocí a vuestra madre (lo que viene a significar que el Oscar no le vendría grande, vaya).

La película brilla a la hora de dibujarnos la figura del escritor maldito mediante recursos que no son los típicos del escritor maldito (en esto también tiene algo de culpa DFW, ese adicto a la televisión hasta el punto de obligarse a vivir sin ella). Si tenemos que elegir un cajón para simplificar al escritor que vemos en The end of the tour, su etiqueta sería la de los objetos frágiles: DFW solo exhibe su discurso brillante cuando el entrevistador y/o la situación han logrado sortear ese aura de fragilidad en el que parece moverse siempre DFW, con los brazos tan en cruz, los ojos tan desconfiados, los labios tan resignados. Cuando eso sucede, tienen lugar momentos hermosos:

“Sólo sé que no es fácil estar conmigo (…)Cuando quiero estar solo, para escribir, realmente quiero estar solo. Y pienso que si dedicas una parte de ti a cualquier cosa, una faceta de eso es que te conviertes en un ególatra. Y terminas utilizando a las personas. Quieres que estén cerca cuando las necesitas y luego las apartas”.

Dato interesante: el tour literario del prestigioso y afamado DFW (que no portada de TIME como se dice en la película) es excitantemente cutre, aburrido y carente de emociones, algo que ahonda en esa imagen de aparente normalidad de un escritor con la casa hecha unos zorros, adicto a las golosinas y a la Pepsi, y que, salvo por el detalle de sus obras maestras literarias, parece tener una vida de ésas que el grupo catalán Manel resume como de “riure i beure i ´nar tirant, i si es pot follar de tant en tant”.

¿O será eso lo que DFW, genio de las matemáticas, la filosofía (y del tenis), profesor universitario, proeza de la literatura y calculador padre de una obra maestra de 1.079 páginas de kilo y medio, quiere que piense David Lipsky Encontramos una buena prueba de este supuesto lado oscuro cuando DFW insiste en saludar por teléfono a la novia del periodista y aquello, en pensada maniobra vengativa por una jugarreta previa de Lipsky, termina siendo una charla de media hora a la que le sigue la correspondiente bronca de macho celoso herido en su orgullo. La jugarreta no fue más que cierto déficit de atención del periodista hacia el escritor horas antes durante un evento en una librería.

¿Qué quiere realmente este reportero de mí? ¿Seré capaz de proyectar una imagen lo suficientemente honesta? ¿Quiero caerle bien? ¿Me cae bien? Prueba de que el tema central de la película versa en torno a la expedición al interior de un DFW en constante duda y tensión en torno a cómo es percibido por todas y cada una de las personas con las que se relaciona la tenemos en el flirteo borrachuzo de David Lipsky con una antigua pareja de DFW, a la que conoce en la librería mencionada en el párrafo anterior, que tiene lugar avanzada la película. Una traición que protagoniza un nudo y desenlace caracterizados por el adiós a esa euforia inicial con la que DFW había abrazado la idea de que quizás había encontrado en el reportero a un futuro amigo.

The end of the tour, una película sobre David Foster Wallace

Después de 19 entrevistas a David Foster Wallace, tres novelas, tres libros de relatos y tres de reportajes, la unanimidad en torno a su personalidad, grado de egolatría y fotografía final de esa balanza en la que bailan ego y humildad es inexistente. ¿Y cómo osan estos desgraciados de Hollywood a hacer una película en la que el principal atractivo es el de ver al Rey desnudo?, claman con el puño en alto.

Pero Hollywood seguirá siendo Hollywood, por muchos escritores/creadores prodigio que se les ponga por delante.

Otro Último Gran Genio Americano que también acaba de estrenar película póstuma (la segunda ya) ha sido Steve Jobs. Tanto ésta, de Danny Boyle, como la anterior, protagonizada por Ashton Kurtcher, han contado con poca crítica por parte del fan, siendo ambas recibidas a modo de monolito homenaje merecidísimo para el hombre que logró convertir en algo normal que una marca tecnológica pudiese tener fans.

En el discurso oficial que los medios de comunicación (y, en general, los corrillos de cháchara y lugares comunes) gustan de ofrecer del “Da Vinci moderno” suele omitirse todo lo referente al obsceno precio de sus productos programadamente obsolescentes, la insultante deslocalización de sus fábricas a países tercermundistas con condiciones de trabajo homicidas, y lo chabacano, rancio e hijoputista que resulta que, a pesar de todo lo citado y a pesar de ser Apple la empresa mejor valorada del mundo, nada cambie, devolviéndonos pues la penosa conclusión de que el llamado mayor genio de nuestro tiempo parió una obra que se limitó a seguir los cauces más estrictos de la lógica capitalista ilógica y sanguinaria. Que los productos Apple hayan contribuido tantísimo a la propagación del absurdo al convertir a sus compradores en miembros de un credo cuya fe solo es cuantificable al pasar por hacer caja es tan paradójico para con la inteligencia de la que Steve Jobs era dueño que resulta hiriente que el futuro vaya a dedicarle a este genio muchas más líneas que a otros genios dueños de un legado más rico que también contaban con sus feligreses. Otra clase de feligreses.

Cerca del final de la película, el drama se desata cuando el reportero pone en duda toda la forma de ser de DFW, dejando caer que éste lleva a cabo una estrategia social a modo de máscara, como si se estuviese haciendo el tonto, por miedo a no parecer humilde, por miedo a parecer un genio, un soberbio. El escritor intenta defenderse, argumentando sencillamente que él no quiere ser parte del circo:”Haber escrito un libro acerca de cómo de seductora es la imagen, sobre lo sencillo que resulta ser seducido para alejarse de cualquier sendero con sentido por cómo es ahora nuestra cultura… ¿qué pasa si yo me vuelvo una parodia de eso mismo?” A lo mejor Foster Wallace me (nos) la ha jugado, a lo mejor se salió con la suya y sus perros, a los que tanto quería, fueron los únicos que le conocieron de verdad. Pero que se le recuerde con una película como ésta, una película que ha costado cuatro duros y que no termina de ajustarse a lo que Hollywood entiende por circo y show, quizás no esté del todo mal si contribuye a encender la mecha de los que aún no le conocen. Igual con The end of the tour hasta se animan a leer algo de él. Tres novelas, tres libros de relatos y tres de reportajes: ese tour sí que es la hostia. Y da igual quién fuese Foster Wallace en realidad. Los libros están ahí, y ésos no mienten.