¡Cochino!

La desfachatez intelectualEsta vez las reacciones sí se hicieron esperar. Además de las dos semanas de cocción que anteceden a todo ejemplar de El País Semanal, han sido necesarias otras cuantas de gentil inmovilismo e indiferencia intelectualoide de estricta fidelidad y apego con lo recetado en los manuales:

  1. El intelectual no tendrá prisa por responder al enemigo.
  2. El intelectual no mencionará en su réplica al enemigo.
  3. El intelectual, lisa y llanamente, despreciará al enemigo.

Pero sin hacer ver que se trata de su enemigo.

(que ni para eso vale semejante cucaracha.)

Si Ignacio Sánchez-Cuenca quería mambo, lo ha conseguido. La desfachatez intelectual ha logrado el único resultado exitoso posible para un libro de esta índole: ruido. Reseñas positivas y elogios a un lado, el ensayo habría sido un fracaso si ninguno de los aludidos hubiese saltado al ruedo.

(Cuitas entre intelectuales en el 2016, qué exótico todo. Como miniaturas de barcos embotelladas que ya casi nadie admira, salvo los fieles, los apasionados, los siempre dispuestos a reunirse en polvorientos sotanillos para buscar con desdén entre los rivales algún trinquete mal encolado, alguna vela arrugada, y solo así lograr serenar el alma. El mundo siguió girando, y los intelectuales siguieron a lo suyo).

Javier Cercas y Fernando Savater han cometido los mismos errores en sus respectivas réplicas de EPS: insulto gratuito y carencia de argumentos. Por no mencionar lo más evidente de todo: si de verdad tan poco te importa Sánchez-Cuenca, no parece muy buena idea dedicarle al personaje toda una página en tu altavoz semanal: hazte un blog. Por no hablar ya de lo feo que resulta para el lector aquello de llenar toda la página de barros y lodos que no tienen por qué importarle un colín. ¡Qué insulto a los devotos lectores! Pero, eh, El País Semanal es también esa revista donde Javier Marías critica nuestros tiempos locos de perrolatría y viviendas libres de humo. Cada uno con su película.

Finales de mayo, el filósofo desenfunda. A Fernando Savater le honra la manera tan exquisita de llamar cerdo a Sánchez-Cuenca: “Como todo jabalí, usted es corto de vista y ataca a cuanto se mueve, creyendo que le cierra el paso. Pero por muchos colmillos que le eche, al jabalí más feroz siempre se le nota su parentesco con los demás cochinos”. Toma.

Por desgracia, la elegancia del artículo (cuya primera parte es básicamente una justificación del mismo) se diluye con cierto ataque personal dirigido a esa “izquierda que no da una a derechas que estuvo de cuerpo presente y mente ausente en la pintoresca puesta de largo de su libro en Madrid”. Miren lo que dice Savater de Luis García Montero: “Un presentador dijo que los colaboradores de la prensa de referencia escriben lo que les manda la empresa; sentada en primera fila, su mujer, torrencial novelista, pero también columnista del periódico más referencial, no protestó: por lo visto es ella quien se lo ha contado, generalizando indebidamente lo que será su caso particular”. Por si queda algún despistado, dicha mujer es Almudena Grandes, también articulista del EPS.

En cuanto a Javier Cercas, el catalán nos ofreció su réplica este mismo domingo: “Un buen amigo escribió no hace mucho que nuestra guerra civil terminó en la Transición, dado que el franquismo no fue más que la prolongación de la guerra por otros medios; la idea no es extraordinaria, pero sí lo es que un profesor universitario denunciara en un libro de éxito la desfachatez analfabeta de mi amigo por ignorar que la guerra terminó en 1939, dato éste que, hasta que fue revelado por nuestro santo varón, todos desconocíamos. Ahí tienen el fruto del triunfo del tonto culto: la barbarie de la literalidad”.

El “amigo” no es otro que el propio Cercas, que se sirvió de, efectivamente, una simple licencia, para adornar su elogioso Sin el Rey no habría Democracia, un artículo publicado en El País el día de la abdicación de Juan Carlos I en el que, por cierto, Cercas aclara que él no es monárquico. Es difícil no estar de acuerdo con Cercas en esta contestación a Sánchez-Cuenca, del mismo modo que no se termina de entender por qué el escritor ha ignorado el resto de denuncias, con mucha más enjundia, que de él se hacen en ‘La desfachatez intelectual’.

Sin ser mencionado en el libro, el historiador Justo Serna ha publicado en su blog una interesante crítica al libro que sigue en la línea de lo defendido por Cercas: “Un intelectual es un metomentodo, un señor o una dama de las letras, de las artes, etcétera, que se atreve a elevar su voz frente lo obvio o lo repetido o lo archisabido. Es alguien picajoso. ¿Imaginan un mundo de expertos en el que sólo éstos hablaran de su materia por ser los únicos informados y autorizados? Sería, además de aburrido, enormemente pobre: empobrecedor. ¿Imaginan un mundo de ignorantes opinando sobre cosas abstrusas? Por supuesto al intelectual hay que exigirle hondura, datos, conocimiento: el saber se lo suponemos, el saber de los criterios relevantes. Pero al experto hay exigirle claridad, apearse de la jerga y, sobre todo, quitarse ese vicio tan común: el creerse científico. Que nuestros enunciados han de superar las pruebas está fuera de toda duda, pero que nos califiquemos de científicos cuando somos humanistas más o menos refinados… es tontorrón”.

El debate es muy interesante: ¿hasta dónde debe llegar el grado de compromiso del intelectual que analiza la actualidad? ¿Cuál debe ser su tono y lenguaje? ¿Es la perrolatría un mal endémico de nuestra sociedad digno de ser analizado en un suplemento de actualidad?

Para terminar, nos encontramos con otro invitado inesperado. Éste, mucho más nervioso. Desde las páginas de Faro de Vigo y sin un asomo de pelo en la lengua, Juan José Rodríguez Calaza (un hombre “destinado a ser el no-Nobel más famoso de toda Galicia”, según Manuel Jabois) saca el látigo para defender al agraviado Jon Juaristi (artículo aquí) y dar estopa:

“No voy a comprar el chusco, oportunista, tosco, caricaturesco y deformado panfleto de Ignacio Sánchez-Cuenca La desfachatez intelectual, pero sí leí en la red el adelanto propagandístico-promocional…”, y vaya que si se lo leyó, pues las más de 1.600 palabras que le quedan de artículo son un formidable desfile de insultos (ilustrados) y espuma que solo le hacen a uno temer por la salud del corazón de este señor ante lo que pueda ocurrir si osa enfrentarse al libro entero. Merece la pena leer este pozo de bilis, paladear la inquina, y estremecerse con cómo el bueno de Rodríguez Calaza tacha de “inmisericordes y abyectas” unas líneas perpetradas por “Sánchez-Cuento en las que la objetividad queda en inclusera orfandad”. Y todo, salpimentado con expresiones tipo “manda cojones, Romanones” y excelsos tesoros recuperados de nuestro castellano más vintage.

“La argumentación de Sánchez-Cuenca no solo es de una tremenda mala fe sino de una indigencia intelectual que revela que el chico -además de corto de entendederas como sospechábamos- es completamente imbécil”.

Y por fin, la guinda. La hombría: “Sí, Sánchez-Cuenca envidia a quienes supieron erguirse como lanzones francos, a veces a riesgo de sus vidas, ante los nazionalitaristas gracias a tener lo que a los pelagatos les falta: huevos y dignidad”.

A veces, uno echa de menos que a los intelectuales se les entiendan tan bien. Ni medias tintas ni hostias: ¡Es usted un cochino y un pelagatos sin huevos ni dignidad!