La conjura de los necios y la Biblia de neón, de John Kennedy Toole | Reseña

kennedy_toole_conjura_necios_biblia_neon_anagramaJohn Kennedy Toole dio la vida para convertirse en escritor y se la quitó por no llegar a serlo. Ser publicado, se entiende, porque escribir, escribió: una novela correcta a los 16, una obra maestra a los 27 y una lápida a los 32. Nadie le hizo caso hasta diez años después de muerto, cuando su insistente madre, la única que creyó en él, dio al fin con un editor igual de loco que el hijo. Y entonces, pum, las comparaciones con Ernest Hemingway. El viejo se pegó un escopetazo. Toole optó por el tubo de escape de su coche. Pero no fue el suicidio lo que les unió, sino la prosa. Amantes de la frase corta y la acción constante, los dos nos hablaron, a su manera, de la misma cosa. Ya fuese como turista en Pamplona, cazador en Tanzania o pescador en Cuba, en el caso de Hem, o a través de los dos fracasados de vida miserable de Toole, ambos narraron con maestría el drama de almas incomprendidas y solitarias. Uno es el fue y el otro, lo que pudo haber sido. Uno es historia de la literatura y el otro, al menos, tiene una estatua en Nueva Orleans. Y una entrada en Pollito Libros.

La Biblia de Neón y La conjura de los necios. El primero no existiría sin el segundo. Sin su fama. El segundo no existiría sin el primero. Sin los cimientos. El único interés de la primera novela de Toole es el interés del espeleólogo; el de aquel que se interesa por curiosear en los fantasmas y entretelas que construyeron a Ignatius Reilly, el inolvidable héroe de La conjura de los necios. Ya se encuentran aquí el niño sin amigos con madre de marido ausente, y la lupa analítico depresiva puesta sobre una sociedad que emite a distinta frecuencia, con gentes con las que no se establece conexión más que para la discordia, la histeria y la pelea. Y poco más porque, a mi humilde entender, la novela es muy mejorable. Ya está el tono pero le falla el registro.

“¿Qué le habría sucedido a papá? No quería volver a verle, pero tenía curiosidad por saber adónde había ido. Bajé la escalera y salí al porche. Ya no estaban allí las cosas que había comprado. La luz de la luna era tan intensa que las cenizas del patio brillaban como diamantes. El valle estaba en silencio y la brisa movía ligeramente los pinos de la colina. Allá en el pueblo se apagaban las luces de las ventanas y sólo quedaban encendidos algunos anuncios de neón de la calle Mayor. Podía ver la gran Biblia de neón iluminada en la iglesia del predicador. Quizá también esté encendida esta noche, con sus páginas amarillas, las letras rojas y la gran cruz azul en el centro. Tal vez la enciendan aunque el predicador no esté allí.”

Le falla el registro porque le falla la solemnidad. Demasiada solemnidad. Demasiado querer contarlo todo y terminar contando nada. Lo dicen en cada manual y lo habrá experimentado todo aquel que alguna vez se haya propuesto escribir algo con aspiraciones (y perdón por la palabra). La primera vez duele y todo apesta a bilis y vapores gástricos, porque los primeros escritos de uno no son literatura, son vómitos. Lastres de los que, a falta de un buen psicólogo de la Seguridad Social, uno se desembaraza en forma de manotazos al teclado. De arcadas. La biblia de Neón es un desfile de pasajes hermosamente escrito. Pero sólo eso. No sucede gran cosa, la psicología del personaje no devuelve reflexiones para el recuerdo y cada párrafo se corresponde a los impulsos de un niño centrado en pasar a limpio tortuosas vivencias y confesiones más que en el trabajo de alguien que pretende contarnos una historia.

Esto se ve en la trama. Anodina historia de un chaval que se hace mayor junto a madre y tía liberal en un pueblecito sureño dominado por el fanatismo religioso. Sucesión de pequeños conflictos, propios de una oveja descarriada, que no terminan de ofrecer al lector algo más allá de la estampa de pobreza y soledad mil millones de veces leída ya. Como en toda obra aparentemente inmóvil, el valor hay que buscarlo en su sedimento, en la foto final, y aquí el poso que queda es el de aquello que le ha llamado la atención a un adolescente. En este caso, aquello tan manoseado de la yankilandia de mediados del Veinte con vecinos herméticos a todo lo que difiera de ser un buen americano. Obedientes cristianos de puertas para fuera, pecadores y charlatanes de puertas para dentro. Y muchas descripciones.

Muchas, muchísimas estrellas, vientos y pinos. Melopea. No exagero si digo que en cada capítulo (diez) hay varias líneas de descripciones sobre cómo estaban las estrellas, con qué fuerza soplaba el viento y hacia donde empujaban los dichosos pinos. El resto, páginas con lo que le dijo la maestra, lo mucho que le incordiaban los compañeros de clase, lo borracho que era el padre y lo guapísima que era la chica. Todo muy light, constante espera a que las palabras conduzcan a algo más allá de que el chico era tímido, incomprendido y sistemáticamente puteado.

Pero luego, tiempo después, apareció el genio. En su segunda novela, Toole modula el chorro dramático. Sirviéndose del mismo tono y de la misma forma de describir acciones y situaciones, juega a contarnos un chiste muy largo. La clave está en que el autor toma distancia y abandona la primera persona para, desde la lejanía, pintarnos un cuadro de Dalí; una historia que bien podría haber sido igual de anodina que la anterior pero que en realidad es un libro sugerente y adictivo, gracias a que se crea todo un mundo único con un personaje carismático, varios secundarios inolvidables y unos diálogos (muchos) muy pulidos. Y abundante surrealismo.

El libro es un manual del surrealismo.

La tercera persona y el inimitable Ignatius Reilly, con sus excentricidades, su gorra de cazador con “orejeras verdes llenas de unas grandes orejas y pelo sin cortar”, sus “labios gordos y bembones que brotaban protuberantes bajo un tupido bigote negro y se hundían en sus comisuras, en plieguecitos llenos de reproche”, las “bolsas de aire rancio y cálido” que tanto le complacían de los rincones de sus pantalones de tweed, este treintañero adolescente con esa soberbia excéntrica que le hace despreciar a todo ser humano circundante, y otros rasgos de su personalidad que sólo son revelados a través de los diálogos y del diario privado que escribe cual enfermo en sus cuadernos, todos esos elementos, son utilizados para poner sobre el tapete a la misma sociedad contemporánea banal de La Biblia de neón pero, novedad, enfrentada a un ser errático que no encaja en ningún hueco posible. Y que no por ello va a dejar de hacer su vida y sus cosas.

Aunque es fácil cogerle cariño a Ignatius, sentir pena por Ignatius y reírse con Ignatius, es bastante razonable argüir que es un animalito desvalido y desequilibrado pero, ¿acaso los demás son los cuerdos? ¿Acaso  los necios conjurados que le rechazan son los que aciertan en el camino a seguir? Hubo un editor que rechazó el manuscrito porque, Wikipedia, ” hundía demasiado el dedo en la llaga”.

“Cuando estaba gastando ya las suelas de mis botas hasta ser una simple lengua de caucho sobre las viejas aceras de baldosas del Barrio Francés, en mi febril empeño de ganarme la vida en una sociedad despreocupada e indiferente, me saludó un apreciado y viejo conocido (invertido). Tras unos minutos de conversación, en la que yo dejé demostrada fácilmente mi superioridad moral sobre aquel degenerado, me quedé cavilando una vez más sobre la crisis de nuestra época. Mi inteligencia, indomable y exuberante como siempre, me susurró un plan tan majestuoso y audaz que me estremecí ante la idea misma de lo que estaba oyendo. “¡Alto!”, grité implorante a mi divina inteligencia. “!Esto es locura!” . Pero, aun así, escuché el consejo de mi cerebro. Se me ofrecía la oportunidad de Salvar al Mundo a Través de la Degeneración.”

Como el Alex DeLarge de La Naranja Mecánica de Anthony Burgees, Ignatius no cree en el mundo y sus gentes. Tampoco propone demasiadas soluciones, pues su existencia se limita a la pura queja. Vive con su madre, no trabaja y sus pasiones son tocar el laúd, atiborrarse de comida basura, ir al cine y estudiar a la multitud en busca de signos de mal gusto en el vestir…o en lo que sea. Esto da pie a la ristra de escenas Monty Python que estructuran la trama, contraponiendo las maneras del chico con la incredulidad de una sociedad aferrada a su manual de instrucciones. Un Mr. Bean beligerante.

En sus primeros empleos conoce a un buen puñado de seres casi tan marginados como él e igualmente discordantes con el status quo. Y uno se pone a pensar. A lo largo de mi vida he conocido a muchos seres marginados y, en proporción, estoy convencido de que de sus bocas han salido ideas, palabras, mucho más interesantes que de las de los otros, los nosotros, los adaptados. ¿Hay mensaje en la novela? ¿Necesitamos mensajes en las novelas? Mucha gente me ha dado diferentes sensaciones y lecturas de La conjura de los necios. Alguien me aseguró haber sentido mucha pena con el libro, otro me dijo que era lo más gracioso que había leído en su vida, otro no pasó de la página 20. Un buen amigo estuvo hace poco en Nueva Orleans y me contó que conoció a hasta cinco tipos que se estaban leyendo la novela en ese momento. A mí, como ya he dicho, el libro me ha parecido un chiste muy largo. Pero un chiste de los buenos.

Resulta tentador el jugueteo de la analogía entre Toole y sus personajes: ¿Cuánto hay de él en sus libros? ¿Cuánto hay de autoficción? ¿Cuánto en realidad debería importarnos esto? Debemos quedarnos con su obra, con su breve legado, y aún así, también el morbo acecha, con sus “que pena que se suicidase” y todos los premios que se perdió (le dieron el Pulitzer póstumo). El tipo se suicidó y fin de la historia. Más interesante es pensar que, quizás, de no haber muerto, esta entrada no existiría. Así que tres hurras por Toole. Y por su madre.

La Biblia de neón, de John Kennedy Toole, se publicó después del éxito de su aclamada La conjura de los necios

John Kennedy Toole, La Biblia de neón
Anagrama, Barcelona 1989
186 páginas | 9 Euros

La conjura de los necios se publicó diez años después del suicidio de su autor, John Kennesy Toole

John Kennedy Toole, La conjura de los necios
Anagrama, Barcelona 1980
368 páginas | 11 Euros