Los detectives salvajes, Roberto Bolaño| Reseña

Los detectives salvajes, Roberto Bolaño19 de mayo de 2010
Hoy no hice gran cosa porque me pasé el día entero leyendo el dichoso libro este del friki de los juegos de rol. No lo soporto. No entiendo la fama de Bolaño. No entiendo el sentido de leer novelas tan largas en las que no pasa nada. Maldito calvo, como te odio.

Anthony Coyle, calle Comercio, México DF, junio de 2053. Ay, pinche Bolaño, qué bueno era. La primera vez que supe de Robertito…órale deje de apantallarme usted con esa mirada tan gacha, no crea que le llamo Robertito así a la ligera, pues no sabe usted el puritito respeto que yo le tengo al más grande de los escritores chilenos habidos y por haber. Si le llamo así es porque le he leído tanto a lo largo de mi vida que para mí ese buey es y será para siempre como uno más de mis pinches hermanos. La primera vez, decía, que tuve la chance de leer al bueno de Robertito yo estaba en la universidad. Yo no tendría más de 20 años, si la memoria no me falla era 2010, y el pobre Robertito llevaba ya siete años muerto…ándele, no me sea trompudo y borre ahorita mismo esa mirada de ganso mi cuate. Usted me ha dicho que está escribiendo un artículo con motivo del 50 aniversario de la muerte del más grande de entre los grandes, usted me ha dicho que está entrevistando a todos los críticos literarios, blogueros y simples plumíferos que alguna vez escribieron algo sobre Robertito (menuda pinche guacarada, por cierto…) para así poder decir algo que no haya sido dicho ya sobre Robertito (¡ajuaa, buena suerte le deseo!), y que me quería entrevistar porque leyó aquella entrada de Pollito Libros de 2014. Y yo le digo: no crea que me ando burlando de su empresa, buey, pero tiene que entender que si vamos a hacerlo, vamos a hacerlo a mi manera. Haga de cuenta que tarde o temprano esta plática mía tendrá un pinche sentido. Me lo esperaba un poco más lambiscón a usted, pinche reportero. Al menos tenga la decencia de escuchar con respeto y silencio las palabras de un anciano. Como le decía, la primerita vez que leí un libro de Bolaño yo aún no me había mudado al D.F., sino que vivía en la olvidable Fuenlabrada, situada en la periferia de la periferia de la hermosa Madrid que tanto extraño. Fue gracias a un pendejo profesor de crítica literaria (todos lo son), uno a quién no hacía más que mentarle la madre y cuyo nombre por suerte olvidé, que me tuve que comprar un lanzamiento editorial para leerlo y entregarle una pinche reseña al hijo de la chingada calvo aquél. Jorge Herralde, quién sino, acababa de editar El tercer Reich (pinche Bolaño, se la pasó años y años publicando libros incluso después de fallecido) y entre que el título me pareció bien chido y que ya había leído críticas lindas y elogiosas sobre el autor, solté la lana y me compré el pinche libro. Ah, jijo, me pareció sublime, al tiro. Ese día me lo pasé entero leyendo sin descanso en mi habitación y mis compañeros de chamizo ya se pensaban que cascabeleaba, pero no…yo quería ser escritor, sabía apreciar la buena poesía y aquello que tenía entre mis manos era la nueva Biblia, como una revelación que confirmó mi… ¿cómo? ¿Ya se va usted? ¡Pero si no he hecho más que empezar conchasumadre!

7 de marzo de 2014
Hoy he colgado una reseña de Los Detectives Salvajes del bueno de Roberto Bolaño. Como todas, la copio aquí por seguridad. Sigo en el paro y no creo que los de la empresa de hosting tarden mucho en cerrarme el blog:

 Los detectives salvajes, Roberto Bolaño

Lo más llamativo de la novela que catapultó a Roberto Bolaño a la posteridad es su estructura formal. No se me ocurre modo más claro de explicarla que el que sigue:

  • 1º Parte: Diario personal de García Madero (Diciembre de 1975)
  • 2º Parte: Testimonios en primera persona de 52 individuos diferentes (1976-1996) Grueso de la novela
  • 3º Parte: Diario personal de García Madero (Enero de 1976)

El título del libro hace referencia a los poetas Arturo Belano (alter ego de Roberto Bolaño) y Ulises Lima (su amigo Mario Santiago en la vida real) y a su detectivesca búsqueda del paradero de la misteriosa poetisa Cesárea Tinajero. Porque el espacio físico del papel es finito, y también porque esto va de vender libros, este escueto resumen es la sinopsis que uno se encuentra en la contracubierta del libro y también en tantas tiendas online y tantas de esas webs uniparrafales presuntamente literarias. Una sinopsis que, si bien no falta a la verdad, equivale en su parquedad a decir que, por ejemplo, que la Biblia va sobre un barbas al que ejecutaron unos cuantos romanos.

Los detectives salvajes es un cosmos. Junto con Rayuela, de Julio Cortázar, el libro más potencialmente revisitable que recuerdo porque, ante todo, estamos ante un rompecabezas donde el propio lector es el detective. Múltiples lecturas, descubrimientos en cada una de ellas.

Al contrario de lo que pudiera parecer, el protagonista no es el joven estudiante García Madero y, ni mucho menos, la poetisa Tinajero. Belano y Ulises, los personajes misteriosos de los que prácticamente sólo llegamos a saber a través de los testimonios de las personas que se cruzaron en su vida a lo largo de dos décadas, son los auténticos pulmones que hacen que el lector recorra, sin aire, sin darse cuenta, las pinches 609 páginas de este artefacto literario sin igual.

Tinajero es el McGuffin, lo que empuja la trama, el objetivo último, lo que mueve a los dos melenudos bohemios. Ella fue la primera poeta del movimiento real visceralista (otro MacGuffin) del que poco o nada se nos cuenta. Sabemos que odian a Octavio Paz, que profesan una vida crápula y etílica (no así lectora, sin bastante ignorantes de la técnica literaria a pesar de que llegan a producir poesía de calidad) y poco más se nos cuenta. Y poco o nada nos importa. En la primera entrada del diario de García Madero (un personaje también misterioso del que nada volvemos a saber) el joven de 17 años escribe que ha sido “cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral”. Con ese punto de partida, el lector avanza por las páginas (no sin cierta impotencia) con el deseo de saber más acerca de dicha vertiente poética. A partir de un momento indeterminado (diferente para cada lector), se produce la dulce constatación de que esa averiguación es irrelevante. De que Tinajera es irrelevante. De que esto va de Belano y Lima, dos letraheridos con el convencimiento, como Lou Reed, de que la vida del poeta o es salvaje o no es.

Lo mismo pensaba Bolaño. Los paralelismos de la trama con la vida del escritor chileno son múltiples, siendo el principal aquel que da título al libro: oda al salvajismo, oda a la vida bohemia, al humo en los bares, al amor en los lupanares. (¡Ésta y no otra debería ser la sinopsis!). Roberto Bolaño fue un amante confeso de “la vida de los poetas”. Durante sus años jóvenes en el D.F. fundó revistas culturales y el club de los infrarrealistas, un grupo de “autores punk, muy rebeldes, muy radicales, que iban a actos culturales a reventarlos”, en palabras de Juan Villoro, quien asegura haber asistido a una conferencia de Octavio Paz en la que ellos, “pasados de copas, empezaron a gritar Octavio Paz es un idiota” hasta que fueron expulsados del recinto. Ah, la juventud.

Al final de la primera parte, una serie de acontecimientos que no hay por qué desvelar desembocan en un exilio forzoso para la pareja de poetas, comenzando así un periplo por varios países, cruce del Atlántico incluido, en el que llevarán a cabo su particular modo de entender la vida hasta las máximas consecuencias. Es entonces cuando empieza la ronda de testimonios de las personas que compartieron horas, días o semanas con alguno de los poetas. Es entonces cuando comienza la grandeza de la novela, la gesta de hacer avanzar la trama sólo a base de recuerdos.

Excelente polifonía (inolvidables y variados personajes) y también pesada polifonía, pues en multitud de ocasiones los narradores se van por las ramas y las historias se bifurcan, exponiendo al lector a páginas y más páginas de background hasta que por fin se produce el recuerdo sobre el encuentro con Belano o Lima. Abundan los detalles completamente irrelevantes que nada aportan al escrutinio de los poetas, y cuyo cometido se ajusta más al de darle credibilidad tanto al mundo que nos pinta Bolaño como a las vidas de la orquesta de secundarios que lo integra. Como si, por ejemplo, dentro de cuarenta años viniese un periodista a mi casa a preguntarme por Bolaño, y este dejase testimonio escrito de cómo me puse a rajar sobre mi vida universitaria y, con todo, a pesar de la chochez de intrascendencias, al final quedase un sedimento, un aroma. No sé pero, si algún día me preguntan, probablemente termine diciendo lo mismo que digo ahora: Pinche Bolaño, qué bueno era.

Portada detectives salvajesRoberto Bolaño, Los detectives salvajes
Anagrama, Barcelona 1998
608 páginas | 22 Euros