Americana, Don DeLillo | Reseña

En Americana, Don DeLillo retrata los Estados Unidos mediante los recuerdos de juventud de un ejecutivo de éxito de Nueva York con dinero, fama y mujeres.-¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí, Jennifer?
-En octubre hará dos años.
-¿Es un edificio de renta limitada?
-David, antes de hacerme el amor prométeme que volverás a llamarme.

Don DeLillo principal influencia de David Foster Wallace. Don DeLillo escritor cronista de las entretelas de la sociedad estadounidense que, junto con Philip Roth, Thomas Pynchon y Cormac McCarthy, completa la escuadra de los cuatro Grandes Novelistas vivos en opinión de Harold Bloom, el Gran Crítico Literario vivo o Último Crítico Literario. Don DeLillo, otro de los imprescindibles, de los llamados a resistir en el recuerdo cuando de él ya sólo queden los libros. Y son tantos los escritores que uno debe leer, tan poco el tiempo que nos queda y tanto y tan rápido el que ya se fue, que he de confesar y resaltar, megáfono en mano, que con Americana he sentido, cual monja sexagenaria iniciática en los placeres de la carne que no se come, y cual vegano arrepentido que retoma la senda de la cordura, el gozo inesperado y casi olvidado de descubrir algo nuevo, un estilo, una orgía de calidad con la que esperaba encontrarme más adelante con los Submundo, Mao II y Libra, y no ya en su primera novela, reeditada en 2013 por Seix Barral.

Americana arranca como un capítulo cualquiera de Mad Men (oficinas con mucho alcohol, parranda y tiempo libre) y termina a lo En la carretera de Kerouac, con su poquito de Easy Rider en medio, no muy hecho y libre de cocaína y LSD, pero regado en alcohol, autopistas rumbo a la América del interior, encuentros exóticos con pueblerinos y su buena capa de desesperación silenciosa existencialista aplicada al mundo de confort y dinero hacia el que esprinta en línea recta y con anteojeras todo estadounidense, y del que, ahora que lo ha alcanzado, reniega David Bell.

¿Es un edificio de renta limitada? A David Bell en verdad se la repampinfla toda esa amalgama de etiquetas, tipologías y clasificaciones con la que tan bien han sabido envolver el sistema (y con la que el sistema tan bien les/nos acosa desde la cuna) para la práctica de esa constante auditoría de estatus y calidad de posesiones materiales con la que nosotros, oh humanos infectos, hacemos tiempo hasta que la tumba está lista. En esta memoria de lo que fueron sus días de juventud antes y después del drástico giro que daría a los 28 años su vida profesional, a David Bell de verdad que se la repampinfla la universidad en la que estudió fulanito, y también lo que opine venganito sobre las ancas de ranas que sirven en aquel restaurante que con tanto énfasis le recomendó y, con todo, sigue haciendo preguntas, sigue queriendo saber cuánto gana cetanito y pelenito, la edad de felenito o perenito (está obsesionado con los números y, en particular, con ser el más joven de sus compañeros de trabajo). Sigue salpicando su discurso con partes exhaustivos sobre la clase, color y marca de ropa que llevaba en cada momento y detalles como que, durante su etapa de noviazgo a distancia, le escribía a su hoy exmujer con un lápiz de dibujo Venus 4B. Como si de verdad importase algo.

Lo que le diferencia del resto de replicantes hombres máquina y le hace apto para protagonizar un libro como Americana es que David Bell sabe perfectamente que las paredes de sus arterias están manchadas de porquería y veneno. Es un ser autoconsciente y crítico del fango de oquedad existencial en el que ha estado metido todos estos años y del que decidirá limpiarse en la segunda parte del libro, la parte road trip: “Los impulsos de los medios de comunicación iban alimentando los circuitos de mis sueños. Uno piensa en ecos. Uno piensa en una imagen construida a imagen y semejanza de las imágenes. Así de complicado resultaba.”

No es casualidad que DeLillo le asigne a su protagonista un empleo como creativo en una cadena de televisión. Con fango de oquedad existencial me vengo a referir a pan + circo; a esa maquinaria, que a la altura de los años 70 en EE UU se encuentra ya en un óptimo estado de pulido y funcionamiento, formada por el binomio sueños + televisión. La novela ahonda en el impacto e influencia del celuloide y los rayos catódicos en las aspiraciones y modo de actuar de las personas a la manera de Marshall McLuhan. Sí hombre, el simpático anciano de la escena de la cola del cine de Annie Hall (“¡Amigos, si la vida fuese así!”). Tres años antes de la publicación de Americana, Marshall McLuhan teorizó en su Understanding Media acerca de la importancia de las tecnologías a la hora de modificar los patrones de conducta de las personas a.k.a determinismo tecnológico a.k.a “el medio es el mensaje” a.k.a. tienes que darte cuenta de que ese telefonito por el que deslizas el índice de ese modo tan simiesco, además de permitirte retuitear las mierdas de aquellos que retuitean las tuyas, aumenta de forma considerable el silencio durante las comidas familiares, tu cara de babuino con apoplejía mientras caminas y las posibilidades de que vayas a estamparte contra ese otro patán jorobado que se aproxima a ti también con la angustia y la mirada pendientes y dependientes de su lista de seguidores y menciones.

Determinismo tecnológico: cómo los, así llamados, avances condicionan nuestra interacción con el entorno. Ejemplo delicioso (y llevado al extremo) en la página 56 acerca de su exmujer:

“Meredith se mostraba poderosamente influenciada por las películas británicas de la época. Cultivaba una especie de imprevisibilidad propia. A veces, caminaba conmigo por la calle y se soltaba súbitamente de mi mano para sumergirse en una secuencia fantástica. Cuando íbamos de compras, robaba cosas, uno o dos artículos inútiles, ocultándolos bajo el jersey y bromeando acerca de su aspecto de embarazada. […] En cierta ocasión, vimos a una anciana que vendía flores en Central Park. Merry me pidió que comprara dos docenas de crisantemos y a continuación me condujo hasta el puentecillo que hay en el extremo sudeste del recinto. Nos situamos sobre el puente y arrojamos las flores al agua una por una mientras los patos describían círculos en torno a aquella bruma de color violeta. Todo estaba allí presente, con excepción de la banda sonora, y me resultaba posible imaginar la serie de cortes y lentos fundidos que debían sucederse en la mente de Merry.”

Y en la 58, ya para rematar: “A veces llegaba tarde a casa y la encontraba sentada en el suelo, tocada con un sombrero e intentando escribir un haiku. Me dolió enterarme de que hacía aquellas cosas incluso cuando estaba sola.”

En su periplo por el interior del país, esta fascinación popular por las pantallas se refleja a la manera de los “guardaespaldas del Padrino” que acosan a Alvy Singer (“¡Este tío sale en televisión!”) mediante un desfile de personas que se muestran asombrada no ya porque David Bell les diga que está rodando una película, sino por el simple hecho de que transporte una pequeña cámara doméstica, hecho incluso que hace que en la página 291 una pareja de pueblerinos detenga el coche “con un chirrido de frenazos” para preguntarle por el cacharro.

Ya sea en altos despachos neoyorkinos o en polvorientas avenidas silenciosas, la atmósfera dominante es la de un circo de los horrores agónico poblado por personajes miserables, desvirtuados y desnortados, que sueñan con un modelo de existencia que orbite lo más cerca posible del dólar y el reconocimiento, sin darse cuenta de que lo más auténtico de sus vidas es el estruendo de los balidos.

Abundan las mentiras a la cara (tipo “el aliento no te huele mal”) y a la espalda (este es gay, estoy escribiendo una novela, ayer me lo hice con esta), las hipocresías de sala de reuniones y las relaciones sentimentales desestructuradas y resultantes de otra ecuación, la más dramática de todas: sueños + tiempo = realidad. Curiosidad: cuanto más viejo es el personaje, más loco está. Americana está repleta de relecturas. Muchacho, qué libro.

Ejemplo: en la página 98, David Bell charla con un compañero de trabajo que de repente le invita a comer porque le dice que ha oído buenas cosas sobre él (sobre Bell). Y entonces, digresión: “En la cadena, la gente se pasaba la vida diciéndole a otros que habían oído hablar bien de ellos. Formaba parte del programa oficioso de cordialidad incesante que imperaba en la compañía. Y dado que nuestra actividad, por naturaleza, dependía de la muy flexible lógica de las modas, siempre terminaba por llegar el día en el que el portador de buenas noticias se convertía en receptor. Más pronto o más tarde, cada uno de nosotros se convertía en una moda en sí mismo; no había quien no disfrutara de su ciclo semanal de gloria. La observación de Ritcher Janes sugería que podíamos hallarnos ante el comienzo de la moda David Bell. El propio Ritcher había estado de moda apenas unos meses antes; durante su ciclo, que duró aproximadamente una semana, la gente irrumpía en mi despacho o se acercaba a mí por los pasillos con cierta frecuencia para comentar el buen trabajo que estaba haciendo Ritcher Jones, las cosas tan maravillosas que habían oído de él y cómo aquella misma mañana, le habían transmitido algunas de ellas.”

Diálogos  ágiles, humor inteligente e ironía pata negra. El estilo metralleta de frases cortas de DeLillo y la personalidad sumamente astuta, irreverente y descarada de Bell (rubio, alto y con el rostro “griego”, mitad Don Draper mitad Peter Campbell (el joven ambicioso y engreído de Mad Men)) hace que no haya ni un momento de descanso en la primera parte del libro, antes de que se transforme en road trip y adquiera un tono más pausado y reflexivo.

Con la excusa de viajar en coche al oeste para un documental sobre una reserva de indios navajos, Bell se adentra en una fase introspectiva en la que le brota la urgente necesidad de rodar un algo por el camino, un experimento audiovisual del que sólo sabe que debe versar sobre su pasado, y para el que usará como actores a los cualquiera fácilmente impresionables que se va encontrando. A medida que avanza el libro, la narración se aleja de forma progresiva del presente, aumenta la digresión y disminuye esa seguridad de granito con la que Bell deslumbraba al comienzo: “Todo en lo que yo andaba involucrado era simplemente una aventura literaria, un intento por hallar temas y modelos, por lograr convertir algo salvaje en una tímida tesis sobre la esencia del alma de la nación”.

Y, de paso, de la esencia de su propia alma.

Americana comienza como un delirante chiste repleto de escenas cocinadas al punto en las que una línea más de surrealismo habría terminado por chamuscarlas en la inverosimilitud. La broma dura 24 horas los 365 días del año, se extiende por toda la isla de Manhattan, y es contemplada e interpretada por un público agradecido y poco exigente entre el que se encuentra un David Bell serio y reflexivo que nota que empieza a hastiarse del programa. Entonces, la novela pasa a otra cosa. El Bell del final poco tiene que ver con el del arranque. Cuanto más se aleja de Nueva York, más le conocemos y más se conoce. Despojado de su zona de confort y lugares comunes, y sometido por la tormenta de melancolía que le suscita la grabación de su película autobiográfica, Bell se descubre indefenso. Una película que, una vez terminada, descansará treinta años en un cajón. Al tipo se le va un poco la olla.

O no.

Quizás lo que ocurre es que la recupera.

 

En Americana, Don DeLillo retrata los Estados Unidos mediante los recuerdos de juventud de un ejecutivo de éxito de Nueva York con dinero, fama y mujeres.Don DeLillo, Americana
Traducción de Gian Castelli
Seix Barral, Barcelona 2013 (Publicado en 1971)
502 páginas | 23 Euros