El adversario, Emmanuel Carrère | Reseña

Emmanuele Carrere, El adversario

Leo en el periódico de hoy que la policía francesa ha encontrado los cadáveres de cinco bebés en el congelador de un matrimonio en Burdeos. Es lo que pasa, que la realidad sigue escribiendo guiones que la ficción (si quiere ser creíble) no se puede permitir. Es de ahí de donde salen los escalofríos con los que nos sacude el libro que hoy nos ocupa: de que se trata de un libro sobre una historia real.

Al asomarse a El adversario es imposible no acordarse de La vida de nadie, cine español del correcto y resultón (pero no brillante) que durante un rato se paseó calladito por algunas pocas salas para después pasar a engrosar alineaciones varias de colecciones dominicales de DVDs y, por fin, exhalar sus últimos vapores entre cajas amarilleadas de mercadillos y rastros de barrio. Muy rica la escena donde la mujer de José Coronado (que es tonta ocho años, nueve años, pero no diez) le cita en su no lugar de trabajo, el Banco de España, para, destapado el engaño, poner en su sitio al macho, al Hombre del cine español y los yogures, mientras éste se descompone entre titubeos y sudores sobre el claustrofóbico mármol de ese lugar donde nadie le conoce.

La cinta es mucho más benevolente que la historia en la que se apoya. La realidad (la más abominable, fantasiosa e irreal), una vez más, haciendo de escriba de la ficción. El adversario no era banquero. Era médico.

La crónica basada en hechos reales del farsante Jean-Claude Romand que se marcó hace 15 años Emmanuel Carrère transmite el mismo y creciente desasosiego de la película de Eduard Cortés, con el evidente y suculento plus de poder disfrutar de tan agobiante relato a través de un festival de buena literatura. Mirad cómo arranca:

“La mañana del sábado 9 de enero  de 1993, mientras Jean-Claude Romand mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela de Gabriel, nuestro hijo primogénito. Gabriel tenía cinco años, la edad de Atoine Romand. Luego fuimos a comer con mis padres, y Romand a casa de los suyos, a los que mató después de la comida”.

Así te lo suelta. Ya desde el minuto uno, Emmanuel Carrère deja clara la mano con la que va a jugar. La degenerada y enfermiza vida de engaño compulsivo del Monstruo gana en crudeza al contraponerla con el resto de vidas ordinarias, pero felices, de aquellos que rodearon a la Bestia durante la infeliz existencia de este supuesto médico de la OMS. Un trasegar de favores, créditos y herencias con los que sustentar una vida invisible pintada sobre lienzo en blanco. El asesinato de su esposa, sus hijos y sus padres fue lo primero que Jean-Claude Romand hizo en vida.

Ese “yo” del extracto no se refiere a Carrère (que se unirá más tarde a la narración) sino a Luc, el mejor amigo del farsante asesino. El autor apuesta por dejar que sea la voz de Luc la que nos acompañe durante los primeros compases de un libro que luego se transforma en otra cosa. Carrère abandonó hasta en dos ocasiones la escritura de El adversario por dos motivos diferentes: primero, no logró ponerse en contacto con el asesino y, segundo, una vez lograda la comunicación por correspondencia, no le convenció la idea de narrar la historia desde la perspectiva de su mejor amigo. Años después, Carrére optó por contarlo desde la perspectiva de Carrère.

Como en tantas otras crónicas periodísticas, el autor corre el riesgo de acaparar demasiado protagonismo. Es de agradecer que, en síntesis, El adversario sea una somera narración del sumario judicial y de la sesión oral frente a juez y jurado. El lector va desenterrando a medida que el acusado va declarando a través de la prosa limpia de Carrère, que transforma las excusas en literatura. Puntualmente, el relato incluye alguna que otra vivencia del propio Carrère que ayuda a entender la atmósfera que debía de respirarse en Francia cuando explotó este drama allá por 1993. Dos ejemplos:

“Cuando llegaron a la autopsia de su hija y de sus nietos, la mano crispada con que apretaba contra la boca un pañuelo hecho una bola empezó a temblar un poco. Yo habría podido, extendiendo el brazo, tocarle el hombro, pero me separaba de ella un abismo que no era solamente la intolerable intensidad de su dolor. Yo no le había escrito a ella ni a los suyos, sino al hombre que había destruido sus vidas. A él creía yo deberle atenciones porque, al querer relatar esta historia, yo la consideraba ‘suya’. Yo almorzaba con su abogado. Estaba en el otro bando.

“Para aquel género de cretinos, Martine no hubiese sido hostil al restablecimiento de la pena capital, y no tuvo empacho en decirme que a mí también me metía en el mismo saco. “Debe de estar encantado de que escribas un libro sobre él, ¿verdad? En el fondo ha hecho bien matando a su familia, todas sus plegarias han sido atendidas. Se habla de él, aparece en la tele, van a escribir su biografía y su historial de canonización va por buen camino. Es lo que yo llamo triunfar por todo lo alto. Un itinerario impecable. Yo digo: bravo.”

La correspondencia, el juicio, el pobre diablo. Al asomarse a El adversario es imposible no acordarse de A sangre fría. Como sucede en el libro más citado de Truman Capote, la grandeza de El adversario, el motivo porque el que se merece estas líneas de blog y muchas más, está en la habilidad con la que logra no solo crear, sino también acentuar, el interés, la confusión y el desasosiego en el lector a medida que se van pasando las páginas. Un agobio muy serio.

Ejercicio recomendado solo para los duros de corazón: terminad este libro y buscad en Google Imágenes las fotografías de la esposa y los hijos. Poca broma.

El asesinato de los Clutter fue perpetrado por dos muertos de hambre analfabetos que solo buscaban llenarse los bolsillos. La barbarie de la familia Romand fue obra de “un robot privado de toda capacidad de sentir, pero programado para analizar estímulos exteriores y adaptar a ellos sus reacciones”. El robot acaba con todo porque se le acaba el crédito. La máquina de mentiras se queda sin saldo.

Aquí el miserable Perry Smith no tiene un Dick Hickock al que culpar. ¿O sí lo tiene? Bipolaridad es una palabra que no termina de ajustarse al caso. Tampoco locura. Tampoco humanidad. ¿Cómo consiguió un tipo que abandonó Medicina sin terminar el segundo año de carrera engañar y mantener a una familia durante casi dos décadas? Desentrañar la respuesta es uno de los placeres de este libro. El otro, el súmmun, es terminar de leértelo sin saber muy bien qué pensar sobre este pobre diablo.

Emmanuele Carrere, El adversarioEmmanuel Carrère, El adversario
Anagrama, Barcelona 2000
172 páginas | 9 Euros